Fidel Montes Santos
Coadjutor (1926-2020)
Nacimiento: La Peña (Salamanca), 23 de febrero de 1926
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1943
Defunción: Arévalo, 24 de marzo de 2020
Fidel nació en el pueblo de La Peña en las Arribes del Duero, fronterizo con Portugal de la provincia de Salamanca el 23 de febrero de 1926. Hizo su noviciado en Mohernando y allí profesó como coadjutor el 16 de agosto de 1943.
Fue destinado a una pequeña casa salesiana que provisionalmente se había abierto en el centro de la ciudad de Arévalo para un grupo de aspirantes, mientras se estaba construyendo el gran seminario-aspirantado a las afueras del Arévalo. Allí junto con el director, don José Santos Cuesta y el clérigo don Juan José Arteaga crearon un clima de vedara amistad y de familia entre ellos y con el grupito de aspirantes que allí moraban. Fidel se encargaba de la intendencia de la casa y del cuidado de la misma. Fue destinado después a la casa de Atocha, en la que permaneció desde el 1 de septiembre de 1945 hasta junio de 2017 en que por razones de salud tuvo que ser ingresado en la Residencia Felipe Rinaldi de Arévalo, donde falleció el 24 de marzo de 2020. Como se puede apreciar toda la vida salesiana de Fidel se desarrolló en dos casas: Arévalo y Atocha. Fue un excelente y responsable factótum: maestro de taller de carpintería, encargado de la tramoya del teatro, preparador de decorados para las representaciones de obras teatrales y zarzuelas, encargado del almacén, ayudante del prefecto y del párroco para realizar los encargos de la secretaría, llevar la documentación de los diversos departamentos a las autoridades competentes, distribuir las circulares, repartir los calendarios de María Auxiliadora, mantener contacto con los bienhechores y amigos de la obra de Atocha, atender al correo y hace todos los servicios que eran necesarios en la casa. Fidel representó durante muchos años una figura imprescindible en la marcha de la casa, la figura del coadjutor salesiano, tal como la había concebido Don Bosco, el complemento necesario de la labor educativa y pastoral de los demás salesianos. Sereno, amable, diligente, responsable, cumplidor exacto de lo que se le encargaba, una persona en la que se podía confiar. Y, además, muy piadoso y devoto de María Auxiliadora. En los últimos años, cuando ya su cabeza no regía con normalidad, se le veía con el rosario en la mano, perdida la noción del tiempo, paseando alrededor del colegio y preguntando cuándo abrían la iglesia para ir a rezar ante la Virgen. Parecía una obsesión, pero era lo que le dictaba el corazón, cuando la mente ya no era capaz de dominar sus profundos sentimientos que lo dominaban, tan arraigada tenía en él la devoción y el amor a María Auxiliadora. Se ha marchado en el silencio y el anonimato que siempre lo caracterizó. No murió de coronavirus, pero se le aplicó el protocolo establecido para esos casos: sin funeral ni acompañamiento. No lo necesitaba, Dios, que lo conocía bien, se lo llevó directamente a su cielo.