Martín Hernández, Euniciano

Euniciano Martín Hernández

Coadjutor (1924-2016)

Nacimiento: Trabanca (Salamanca), 17 de diciembre de 1924
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 16 de agosto de 1943
Defunción: Barcelona, 29 de julio de 2016

Nació en el pueblo salmantino de Trabanca el 17 de diciembre de 1924. Apreciaba mucho a su familia, hermanos y sobrinos, y estaba enamorado de su pueblo, del Valle del Renacual, Valle de Legio, de los cuales hablaba y sobre los que había escrito poesías.

Hizo el noviciado en Sant Vicenç dels Horts, donde profesó el 16 de agosto de 1943. Desde entonces hasta su muerte formó parte de la comunidad salesiana de Sarrià, donde hizo también la profesión perpetua como salesiano coadjutor el 24 de septiembre de 1952.

Don Euniciano fue un enamorado de su profesión. Era maestro industrial de la rama composición de artes gráficas. Dedicó toda su vida a formar profesionales del libro en las escuelas salesianas de Sarrià e impulsó una bolsa de trabajo que logró colocar a un gran número de alumnos en las industrias del sector.

Desde 1963, durante varios años formó parte de la comisión nacional para la confección de los primeros cuestionarios oficiales de formación profesional de Artes Gráficas.

Colaboró en el Gremi de la Industria y Comunicació Gráfica de Cataluña y en la creación de la escuela de artes gráficas Antoni Alguerró.

Fue miembro de varias instituciones catalanas e internacionales relacionadas con las artes gráficas. Y logró medallas, diplomas, placas y homenajes en reconocimiento público a los méritos de su trabajo.

Durante los 18 años de colaboración con EDEBÉ, editó 32 obras sobre temas gráficos. Y dejó también muestra de su vena poética en un libro de poemas.

Además de ser reconocido como uno de los referentes académicos más destacados en el campo de las artes gráficas, don Euniciano fue un salesiano enamorado de su vocación, fiel a sus compromisos religiosos.

Sus últimos días los pasó en la residencia para salesianos enfermos de Martí-Codolar. El Señor le llamó la tarde del día 29 de julio de 2016, a los 91 años. Hasta dos días antes estuvo trabajando con plena lucidez en la corrección de las pruebas de imprenta de la revista Tibidabo, que tanto apreciaba.

En esa última etapa de su vida, pudo dedicarse con paz y oración a que el texto de su vida quedara sin mancha ni errores ante Dios, como él deseaba que fuese impecable cualquier publicación.

El padre inspector afirmó en la homilía funeral:

«Su larga vida le trajo algunas molestias y dificultades físicas, pero no disminuyó en nada su capacidad de conocimiento, su sutileza intelectual y su hondura espiritual».