Francisco Díez Rodríguez
Coadjutor (1937-1994)
Nacimiento: Reocín de los Molinos (Santander), 19 de febrero de 1937
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1957
Defunción: Santander, 25 de febrero de 1994
Le precedieron en la Congregación un tío suyo sacerdote, don Pedro Rodríguez, y dos hermanos coadjutores: Ivo y Agustín.
Sus primeros pasos entre los salesianos los dio en Astudillo como aspirante, de donde pasó al colegio de San Fernando en Madrid para cursar la oficialía en la rama de mecánica durante tres años. Comenzó el noviciado en Mohernando en el año 1956 y lo finalizó con la profesión el día 16 de agosto de 1957.
A partir de entonces su vida fue un servicio constante a los jóvenes de las casas a las que fue destinado. Combinando servicio y estudios, obtuvo la maestría industrial. La primera casa en la que desarrolló su actividad educativa fue la Universidad Laboral de Zamora.
En 1961 fue destinado a Santander, donde permaneció hasta 1970, año en que pasó a desarrollar la misma actividad en las escuelas profesionales salesianas de Bilbao-Deusto. Su permanencia en esta comunidad duró hasta 1983, en que de nuevo pasó a ocuparse del taller de mecánica del colegio de Santander, hasta su fallecimiento.
Su grandeza fue la sencillez. Grandeza y sencillez que son las características del coadjutor salesiano. Este era el mensaje de Paco: «Somos salesianos sin pretensiones; solo la de servir a nuestros chicos con y en lo que sabemos».
La fecundidad de la entrega del salesiano que ama a sus alumnos y se ocupa de ellos en sus necesidades se puso de manifiesto en los días de su enfermedad, en los que se turnaban en torno a su lecho no solo los miembros de su numerosa familia, sino también padres y antiguos alumnos, que de este modo reconocían la paternidad de quien, con sus atenciones, su saber exigir y el esmero, supo desarrollar su tarea educativa. Todos coinciden en que era exigente, pero que también sabía ser comprensivo. Aprovechaba el ruido de las máquinas del taller, para acercarse a algún alumno a quien tenía algo que decir y dejarle caer al oído la corrección o el consejo.
Fue muy consciente de que, a pesar de su relativa juventud, se acercaba el final de su vida y aceptó con tranquilidad esta última obediencia que le enviaba el Señor, como había aceptado las anteriores. Hay quien sostiene que ofreció su vida para el bien de los jóvenes con los que trabajaba y por todos a los que quería, que eran muchos.
Falleció en Santander, el día 25 de febrero de 1994, a los 57 años de edad.