Corrales Garrido, Emilio

Emilio Corrales Garrido

Sacerdote (1901-1992)

Nacimiento: Talavera de la Reina (Toledo), 28 de noviembre de 1901
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 25 de julio de 1920
Ordenación sacerdotal: Salamanca, 24 de febrero de 1929
Defunción: Cambados, 12 de diciembre de 1992

Nace don Emilio el 28 de noviembre de 1901 en Talavera de la Reina (Toledo), en el seno de una familia humilde. Isidoro, su padre, tenía como ocupación específica encargado del campanario de la Iglesia Colegiata. Por ello, la familia vivió durante un tiempo en las dependencias de la misma colegiata. Era el cuarto de los nueve hermanos. Con 14 años entró en el colegio que los salesianos habían abierto en Talavera. Allí hizo los primeros estudios y decidió hacerse salesiano. En 1918 pasó como aspirante a El Campello. Era algo mayor que sus compañeros y pronto comenzó a destacar por su inteligencia, su sentido de la responsabilidad y por sus cualidades artísticas. Hizo el noviciado en Carabanchel Alto y allí profesó el 25 de julio de 1920. Cursó los estudios de filosofía e hizo el trienio práctico en el mismo colegio de Carabanchel Alto. La teología la completó entre Turín y Salamanca, donde fue ordenado sacerdote el 24 de febrero de 1929. Estudió la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca mientras ejercía el cargo de jefe de estudios (consejero) del colegio de María Auxiliadora de la ciudad. En 1934 fue nombrado director de dicho colegio. En el verano de 1936 lo sorprendió el comienzo de la Guerra Civil española en su ciudad natal de Talavera, que quedó en manos de los republicanos. Reconocido como sacerdote, fue detenido y destinado a ser fusilado junto con otros sacerdotes de la zona. Los fusilamientos se fueron realizando individualmente. Cuando le llegó su turno, el verdugo, que lo conocía, se negó a disparar contra un paisano y pidió que no fuese obligado a ello. Mientras se buscaba al sustituto, sonaron los clarines del ejército de Franco, que estaba entrando en Talavera. Los republicanos dejaron las ejecuciones y huyeron a toda prisa. Don Emilio pudo quedar con vida y regresar al colegio de Salamanca, que había quedado de la parte de Franco.

Durante su directorado se remodeló el colegio, se construyó una nueva iglesia y un nuevo teatro y el colegio alcanzó gran prestigio en la ciudad y en las provincias vecinas. De él salieron muchas vocaciones y muchos de los alumnos del colegio fueron brillantes profesionales en sus respectivas especialidades.

En el verano de 1946 lo destinaron al Paseo de Extremadura, también como director. Se hizo más cercano, más sonriente, más cariñoso, más asequible; en una palabra, el cambio de casa le ayudó a descubrir lo que era, dejando un poco la fachada que el directorado de Salamanca le había impuesto. Quienes convivieron con él en esta etapa recuerdan su piedad en la celebración eucarística y en las ceremonias litúrgicas; la pronunciación de sus latines; su gran entusiasmo en impulsar la devoción a María Auxiliadora; la competencia y profesionalidad en sus clases de latín, de filosofía, de religión.

En la primavera de 1948 asistió como delegado de la inspectoría céltica al XVI Capítulo General de la congregación salesiana. Unos meses después fue elegido inspector en sustitución de don Modesto Bellido, que había sido nombrado miembro del Consejo General. En sus seis primeros años de inspector se abrieron algunas importantes casas: la de Domingo Savio y la de Ferroviarios en Madrid, la de Puertollano (Ciudad Real), la de Guadalajara, la de San Roque de Vigo, y la Universidad Laboral de Zamora. Varias de ellas eran casas de colaboración con entidades públicas o empresas privadas. Fue una buena solución en aquellos años en los que escaseaba el dinero para construir casas propias, pues constituían estupendas plataformas para desarrollar la misión salesiana, sobre todo por el tipo de destinatarios con los que nos ponía en contacto: huérfanos o niños pobres.

En 1954 se constituye la inspectoría de Santiago el Mayor con sede en Zamora. Don Emilio es nombrado inspector de la nueva inspectoría. Una inspectoría que nacía en precarias condiciones de obras y de personas. Don Emilio trabajó denodadamente por su desarrollo, que fue espectacular. Inició las obras de Asturias (cuatro casas). Concertó con organismos gubernamentales e instituciones sociales numerosas obras de colaboración (pasaron de 2 a 12). En sus 12 años de mandato, la inspectoría pasó de nueve casas a 19 y de 124 hermanos a 397. Mención especial requiere el esfuerzo realizado para dotar a la incipiente inspectoría de casas de formación: Astudillo, Allariz, Herrera del Pisuerga, Cambados para los aspirantes y Medina del Campo para los filósofos; para los teólogos se había construido el imponente teologado interinspectorial de Salamanca.

Al terminar los 18 años de inspector, es nombrado director del colegio del Paseo de Extremadura de Madrid; del colegio de Huérfanos de Ferroviarios de León; de la residencia de la Pagoda en Madrid. Su serenidad, su sentido optimista de la vida, su saber decir y hacer, su exquisita acogida, marcaron un estilo de ser director en aquellos años no fáciles. Se distinguió como hombre de gobierno, de doctrina y como buen predicador. Sus alocuciones en público eran magistrales; sus sermones, preparados con primor.

A los 75 años, don Emilio deja definitivamente su ministerio de gobierno y es destinado a Vilagarcía de Arousa como profesor y confesor. Hasta los últimos días conservó el optimismo de la vida y cierto talante abierto y simpatía hacia todo lo juvenil.

Hablando de don Emilio Corrales, don Luis Ricceri, entonces rector mayor, señalaba en él tres características: «Un gran constructor»: no de cemento o edificaciones, sino sobre todo de almas, de salesianos, de corazones a lo Don Bosco; «un trabajador incansable», sus casi 50 años en importantísimos cargos de gobierno lo confirman; y «un buen padre», amable y siempre sereno, con esa amplia comprensión que solo otorga la experiencia de una dilatada autoridad y el profundo conocimiento que dan los años de las personas y de las cosas.