Francisco Franco Franco
Subdiácono (1940-1968)
Nacimiento: Grisuela del Páramo (León), 7 de mayo de 1940
Profesión religiosa: Astudillo, 16 de agosto de 1958
Defunción: Candelario (Salamanca), 23 de junio de 1968
Las cosas sucedieron así, según autorizado testimonio: Francisco, teólogo perteneciente a la inspectoría de Santiago el Mayor, iba todos los domingos, en compañía de otros cuatro, al barrio de La Vega, donde trabajaban con muy buen espíritu salesiano entre los muchachos de aquella barriada: santa misa, catequesis, deportes. Este año habían preparado un concurso catequístico, que terminó con una solemne fiesta de premios, el día 16 de junio. Para el domingo, 23, programaron una excursión de los cincuenta mejores, teniendo como meta el bonito pueblo de Candelario (Salamanca), pueblo con sierra y río. Casi todos los chicos prefirieron subir hacia la nieve, mientras los más pequeños se quedaron junto al río para pasar el día jugando. A pesar de todos los cuidados y prohibiciones preventivas, un chiquillo resbaló y cayó al río, en un lugar muy peligroso. Francisco viendo que el chico se estaba ahogando, no dudó un momento y se arrojó al agua, vestido como estaba, para salvarlo. Logró darle un empujón y ponerlo a salvo, cayendo en cambio él en lo más profundo de la charca, de donde ya fue incapaz de salir.
El pueblo de Candelario, como los salesianos y antiguos alumnos de Béjar, ofrecieron toda suerte de ayudas, tanto en favor del pobre salesiano fallecido, como para atender a los chicos y, especialmente, al muchacho salvado heroicamente. De modo especial, sus compañeros teólogos vivieron horas de intenso afecto, expresado en oraciones, lágrimas y comentarios edificantes.
Su familia en pleno, con el párroco del pueblo y algunos vecinos, se trasladó a Salamanca. Fue ejemplar su lección de aceptación de la voluntad divina. El funeral fue un triunfo de admiración y agradecimiento por su acto heroico. En el barrio más tarde le dedicarían una calle en su nombre.
Francisco había nacido en Grisuela del Páramo (León) el 7 de mayo de 1940, de familia muy cristiana, sexto de siete hermanos. A los 13 años comenzó el aspirantado en Astudillo, donde hizo el primer curso, y los restantes en Arévalo. El noviciado lo hizo en Astudillo, durante el curso 1957-1958. Y los cursos de filosofía, en Guadalajara, desde 1958 a 1961. El trienio lo realizó en el colegio de Niños del Naranco de Oviedo, niños pobres que tuvieron en Francisco un verdadero amigo. El 2 de agosto de 1964 emitía sus votos perpetuos y, meses después, comenzaba, en el estudiantado teológico de Salamanca, los estudios de sagrada teología en preparación para el sacerdocio, estudios que estaba a punto de coronar, cuando le sobrevino la muerte.
En el Boletín Salesiano del mes de agosto de 1968, aparece esta preciosa semblanza: «La muerte de nuestro hermano por salvar la vida de un niño, ha descubierto el tesoro de un alma enamorada del sacerdocio; meta soñada, a la que no pudo llegar… La muerte ha proyectado una sombra, que ha hecho más clara la luz de una vida heroica, ocultada a conciencia; una vida conscientemente entregada al Señor para servicio de la juventud».
Pocos días antes de su muerte, parece que algo presintió en la entraña de su alma. Su vena poética dejó constancia de su presentimiento en estos versos emocionantes:
CAMINO DE SANGRE
No le digas a las rosas — que me tengo que morir;
ni tampoco a las estrellas — ni a los grillos, ni al silencio;
no se lo digas a nadie…
Dile al jilguero que cante — y a los grillos, a la alondra, y al viento y a la luna — diles que no se paren;
que haya estrellas esa noche — y amapolas y trigales; que nadie deje su vida — aunque esté de luto el aire. Me iré yo solo, de negro, — por un camino de sangre; que nadie llore mi muerte — que todos recen y canten;
que la espero a cada instante — aunque tenga que irme solo por un camino de sangre.
No le digas a las cosas — que ya no puedo vivir; deja que sufra yo solo; — deja que muera sin ellas para que aprenda a morir.