Albera, Pablo

Pablo Albera

Sacerdote (1845-1921)

Nacimiento: None (Piamonte-Italia), 6 de junio de 1845
Profesión religiosa: Turín, 14 de mayo de 1862
Ordenación sacerdotal: Casale (Italia), 2 de agosto de 1868
Defunción: Turín, 24 de octubre de 1921

Cuentan de él que era un gigante. De pequeña estatura, un corazón grande latía con fuerza y pasión en aquel apacible muchacho que llegó al Oratorio en el otoño de 1858. Pablo tenía trece años y Don Bosco descubrió muy pronto en él un buen paño: el pequeño Albera, uno de sus mejores chicos, llegaría a ser uno de los hombres decisivos que harían la Congregación Salesiana.

Tan solo unos meses más tarde de la fundación de la Congregación, en mayo de 1860, Pablo Albera hizo su primera profesión religiosa ante el propio Fundador con apenas quince años. Fue ordenado sacerdote, tras una larga preparación, en 1868.

Don Bosco no se equivocó: Pablo Albera tenía madera de buen salesiano y se dejó tallar por el certero cincel del Espíritu y la mano maestra del buen padre. De cuidada preparación intelectual, muy pronto le fueron encomendadas responsabilidades que fueron creciendo en intensidad y amplitud de horizontes. Fue nombrado Director de varias casas de Italia hasta que Don Bosco lo nombró Inspector de Francia entre 1881-1891. Fue una década decisiva en la que se multiplicaron las presencias, crecieron las vocaciones y se afianzó la misión juvenil y popular en el país galo. Su figura evocó e hizo presente al Fundador de manera tan fiel que los franceses no dudaron en llamarlo, cariñosamente, le petit Don Bosco.

En 1891 fue elegido Director Espiritual de la Congregación y, al comienzo del nuevo siglo, don Rúa lo nombra Visitador de las Casas de América. Se ensanchan las perspectivas y se abre una nueva etapa en la vida de don Albera que le hará mirar cada vez más lejos y soñar con nuevos horizontes. Hizo un excelente trabajo como Visitador durante tres largos años y confirmó ser un hombre de gobierno con el corazón pastoral y paterno de su querido Don Bosco. En 1910, tras la muerte de don Rúa, el Capítulo General lo elige como Superior al frente de la Sociedad de San Francisco de Sales. El hombre necesario en el momento justo. Providencia de Dios.

Como Rector Mayor desempeñó una titánica tarea conduciendo a la Congregación hacia nuevas fronteras de misión. Fundó la misión de Río Negro en Brasil, en el Chaco Paraguayo y en Cuba; abrió la presencia salesiana de Shiu-Chou en China, la de Assam en India y las de América Central; consolidó la presencia en algunos países europeos y comenzó la presencia salesiana en Alemania.

El Viejo Continente estalló como un polvorín. La Primera Guerra Mundial impidió el normal desarrollo de la obra salesiana y trajo desolación y muerte. Muchos de los colegios fueron convertidos en hospitales y cuarteles. No pocos salesianos fueron llamados al frente y los que quedaron en retaguardia se ocuparon de huérfanos y heridos con generosidad y entrega. Don Albera estuvo siempre cercano a los hermanos y al pueblo sufriente, infundió ánimo y esperanza, mostrando un corazón de padre preocupado por todos sus hijos, especialmente los que se encontraban en situaciones de mayor dificultad.

Don Albera murió en 1921, cuando contaba 76 años de edad. Dejó este mundo con las manos llenas de buenos frutos y una confianza inquebrantable en el Dios de la Vida. El pequeño Don Bosco fue un hombre imprescindible de la primera hora, uno de los artífices de la Congregación Salesiana.