Anglada Juaneda, Antonio

Antonio Anglada Juaneda

Coadjutor (1906-1983)

Nacimiento: Ciutadella (Menorca), 4 de marzo de 1906
Profesión religiosa: Gerona, 20 de enero de 1931
Defunción: Martí-Codolar, 30 de enero de 1983

Nació el 4 de marzo de 1906, en Ciutadella (Menorca). Sus padres, Antonio y Antonia, formaron una cristianísima familia de nueve hijos: dos fueron sacerdotes diocesanos, una carmelita misionera y el mayor, salesiano.

Antonio, desde pequeño, sintió el hechizo salesiano. Hasta que dejó los estudios a los 14 años, se pasaba el día en el colegio salesiano. Aparecía en su casa prácticamente solo para comer y dormir. A los 24 años, después de trabajar en la zapatería de la familia y cumplir con el servicio militar, marchó al noviciado en Gerona, donde profesó como salesiano coadjutor, el 20 de enero de 1931.

Ejerció el magisterio en Villena, Gerona, Huesca y Horta, donde trabajó también ayudando en la administración. Cuando la arteriosclerosis se cebó en su organismo, fue trasladado a Martí-Codolar, donde murió el 30 de enero de 1983, a los 76 años de edad.

Era todo un señor por su elegante aspecto y por su buen trato; siempre pulcro y arreglado, cuidadoso y metódico en todo, siempre cortés, atento, servicial, comprensivo y sencillo al mismo tiempo.

Daba clase a los pequeños, a los que sabía exigir disciplina amablemente y de los que obtenía excelentes resultados, fruto de su constancia y su método salesiano exquisito.

Como buen menorquín, su temperamento parecía un mar en calma, con aguas azules y cielos claros sin nubes. Pero sobre todo era un buen religioso: austero, delicado, trabajador, sufrido, cortés y obediente a las consignas de los superiores. No tenía más condición, ni alardeaba de otra cosa, que de ser salesiano.

Cuando pasó de la escuela a la administración, siguió siendo él mismo durante 16 años: puntual a la oficina, atento con sus superiores, servicial con el público…

En Martí-Codolar edificó a las personas que le atendían por su talante, discreción y fervor religioso. Todo lo sufrió en silencio. Agradecía siempre cualquier servicio, atención o visita. Si alguien le empezaba una jaculatoria, él la terminaba; si le repetían Jesús, José y María, se le iluminaba la cara de contento. Su mesura, su apacible nobleza de alma y su fe en un Dios cercano hicieron mucho bien a cuantos le acompañaron en los últimos momentos de su vida.