Ardanaz Monreal, José

José Ardanaz Monreal

Coadjutor (1914-1970)

Nacimiento: Ardanaz (Navarra), 22 de enero de 1914
Profesión religiosa: L’Arboç del Penedès, 16 de agosto de 1958
Defunción: La Almunia de Doña Godina, 7 de junio de 1970

Nació el 22 de enero de 1914, en Ardanaz (Navarra). Sus padres, Tomás y Juana, educaron a sus cinco hijos en el santo temor de Dios, según costumbre de aquellos tiempos en las cristianas familias españolas, y concretamente en la católica Navarra rural.

Después de pasar unos 40 años entregado a las labores del campo, decidió abandonar su mundo y hacerse religioso. Era su ilusión. Y la cumplió.

A los 41 años de edad, ingresaba como aspirante en las escuelas salesianas de La Almunia de Doña Godina, donde pudo tomar contacto directo con la vida salesiana, que satisfizo plenamente sus ilusiones.

El 15 de agosto de 1957 marchó a L’Arboç de Penedès para hacer el noviciado, que culminó con la profesión religiosa, como coadjutor, el 16 de agosto de 1958. A pesar de su edad, supo conectar muy bien con el resto de compañeros novicios, y fue ejemplar en todo.

La obediencia le llevó de nuevo a La Almunia donde se encargó sobre todo de la gran finca La Redonda y de los obreros.

Bonachón de carácter, se adaptó fácilmente a la vida religiosa y se convirtió en seguida en un salesiano ejemplar. Para él no existían problemas de ningún género; aunque de escasa cultura, sintonizaba admirablemente con la gente y se hacía querer y respetar por todos.

Se relacionaba con sencillez, lo mismo con los agricultores que con los profesores y técnicos de las escuelas profesionales, haciendo gala de buen carácter y de noble temperamento.

Como persona de profundas convicciones religiosas, sabía que estaba siempre en las manos de Dios; por eso, como un niño en brazos de su padre, se abandonaba totalmente en Dios y se mantenía en una alegría y buen humor constante y espontáneo. Las prácticas de piedad salesianas y la vida diaria con la comunidad religiosa alimentaban sus virtudes humanas y cristianas.

Era la típica persona buena, sacrificada y dispuesta siempre a ayudar a quien lo necesitase, adelantándose incluso, aunque no lo pidieran. Y todo ello con alegría, como sin esfuerzo y sin hacerse pesado.

Por eso, cuando el cáncer se cebó en su cuerpo y hubo de sufrir intensos y continuos dolores, no se derrumbó, sino que dio a todos ejemplos continuos y heroicos. Durante esos últimos meses de gran sufrimiento, como un nuevo Andrés Beltrami, ofrecía generosamente sus dolores al Señor por el bien de las misiones, de su comunidad, de la Congregación y de toda la Iglesia.

Atendido por los médicos y confortado por los hermanos de la comunidad, pasó a la otra vida el 7 de junio de 1970, a la edad de 56 años.