Badosa Cuatrecasas, José

José Badosa Cuatrecasas

Coadjutor (1880-1966)

Nacimiento: Sant Joan les Fonts (Gerona), 6 de marzo de 1880
Profesión religiosa: Sarrià, 5 de septiembre de 1902
Defunción: Mataró, 7 de diciembre de 1966

«El Pep» Badosa, como era por todos conocido, nació en Sant Joan les Fonts, cerca de Olot (Gerona), el 6 de marzo de 1880. Sus padres, Pedro y Teresa, que tuvieron ocho hijos, formaron un hogar profundamente cristiano, en el que todas las tardes rezaban el rosario en común y por la noche el padre leía un trozo de la Sagrada Escritura y la biografía del santo del día. No es de extrañar que Dios los bendijera con seis vocaciones religiosas, dos de ellas salesianas, Fidel y José.

Precedido de su hermano menor Fidel, José entró a los 19 años en nuestro colegio de Gerona el 1 de agosto de 1899; allí se entregó al trabajo con gran tesón. Tras unos años de aspirantado, pasó a Sarrià para hacer el noviciado, que culminó con la profesión religiosa, como coadjutor salesiano, el 5 de septiembre de 1902.

Trabajador incansable, a pesar de un accidente laboral que le estropeó la mano izquierda, aprendió por su cuenta el oficio de mecánico y electricista. Su currículum vítae (escrito de su puño y letra) dice textualmente: «Entré en la casa de Gerona el 1 de agosto de 1899 a los 20 años. Estuve siete años en Gerona y 13 en Sarrià. En Valencia 12, en Campello cuatro, en Santander uno, en Carabanchel cuatro, en Horta cuatro, en Zaragoza uno y en Mataró 16. Total: 62 años de trabajo en esta empresa».

Era «El Pep» un salesiano exigente en la pobreza. En Sarrià tenía, bajo la escalera que subía al teatro, un local que le servía de taller, de estudio y de almacén, donde recogía cuanto de provecho encontraba por la casa. Nunca estrenaba vestidos; de ordinario vestía prendas viejas, que encontraba en la ropería y que él mismo arreglaba.

Tenía, como una moneda, su cara y cruz, muy diferenciadas. Si por un lado aparecía un simple hombre de bigotes, por el otro era un fraile de misa y olla.

«¡Documentación!» —le dijeron unos guardias en tiempo de la república, en plena calle, sospechando de su mala catadura. Se echó las manos a los bolsillos, sacó el rosario y se lo mostró. «Soy fraile, respondió, no llevo más que esto».

Gustaba de conversar con los jóvenes salesianos, que disfrutaban de sus ocurrencias, de su mal genio y de su humor ácido, que generalmente descargaba en ciertos momentos de tensión en el trabajo.

Como él mismo gustaba decir, trabajó 62 años en esta empresa, bien entendido siempre que su empresa era la del cielo. Por ella intentaba dominar su genio y aceptada los achaques de su última enfermedad y las limitaciones que le imponían a sus quehaceres. Todo lo aceptaba como purificación de sus faltas, que nunca tuvo reparo en reconocer.

La inutilidad de su mano derecha le producía golpes de impaciencia, que se traducían en desabrimientos de carácter, superiores a su voluntad, que él mismo reconocía; pero, cuando se daba cuenta de que había faltado a la caridad a alguien, iba y le pedía excusas humildemente.

Estando su hermano Fidel ya grave, le manifestaba a «El Pep» su miedo a condenarse: «¡Burro, más que burro! —era una expresión habitual en él—. «¿Miedo tú? Tú te vas al cielo de cabeza; si fuera yo, sí que sería para temblar…».

Con razón decía de sí, pensando en lo que pondrían en su carta mortuoria: «Que no la hagan; basta que manden a cada colegio dos líneas [en catalán]: Ha mort Pep Pelacanyes. Va patir molt i va fer patir més. Pregueu per ell» (Ha muerto Pep Pelacañes. Ha sufrido mucho y ha hecho sufrir más. Rezad por él).

Era la cara agria que escondía el alma noble de un verdadero salesiano trabajador y fiel a su vocación por encima de todo. Era un religioso ejemplar, con ganas de santificarse en el trabajo, con exactitud a la letra de Reglas y Reglamentos.

Falleció en Mataró (Barcelona) el 7 de diciembre de 1966, a los 86 años de edad y 59 de profesión religiosa.