Barbal Elfa, José

José Barbal Elfa

Coadjutor (1907-1980)

Nacimiento: Montardit de Dalt (Lérida), 26 de marzo de 1907
Profesión religiosa: Sarrià, 15 de agosto de 1926
Defunción: Martí-Codolar, 3 de junio de 1980

Nació el 26 de marzo de 1907, en Montardit, de la comarca del Sobirá (Lérida), región de suaves praderas cercadas de montañas, sembrada de lagos y surcada por ríos. Sus padres formaron una de aquellas familias patriarcales antiguas, que educaban cristianamente a sus hijos y donde nacían excelentes vocaciones.

En 1923 ingresó como aspirante en Sarrià, y pasó a ser alumno del taller de mecánica. Allí pudo conocer a un buen grupo de coadjutores salesianos ejemplares: el señor Rabasa y su cocina, Rodicio y su panadería, Núñez y su banda, Ribas y su zapatería, Skwarkowski y su sastrería, Martínez y su cerrajería, Mestre y su taller de ebanistería y talla, etc.

Al poco tiempo inició allí mismo el noviciado, que culminó con la profesión religiosa como salesiano coadjutor, el 15 de agosto de 1926. Hizo dos cursos de perfeccionamiento profesional en San Benigno Canavese (Italia) y realizó el tirocinio práctico en Córdoba de Argentina (1948-1952).

De vuelta a España, estuvo destinado durante 13 años en Pamplona, 27 en Sarrià y finalmente sus últimos ocho años en Badalona. Falleció en la residencia de Martí-Codolar el 3 de junio de 1980, a los 73 años de edad.

El señor Barbal fue una figura excepcional de coadjutor salesiano: sencillo, trabajador, sacrificado, siempre en su sitio, generoso, con criterio, alegre, sereno, serio y responsable. Era un maestro completo, de gran competencia en su especialidad y muy atento a todos los aspectos de la educación. En ninguna de sus responsabilidades ahorró ni tiempo, ni esfuerzo, ni entusiasmo, mientras que se lo permitió su salud.

Su calidad humana y educadora era excepcional. Decidido y entusiasta, no conocía las medias tintas; fue siempre salesiano, siempre educador, siempre trabajador. Deseaba vehementemente la perfección de sus alumnos, que su educación alcanzase los niveles máximos.

Estaba cerca de ellos todo el día: en el dormitorio, en el patio, en la capilla, en la clase, en los paseos, en las fiestas… Hasta en vacaciones trabajaba, preparando las prácticas de taller. De ahí nacía el gran prestigio que tenía entre ellos y las visitas que recibía de antiguos alumnos.

Su vida estaba cimentada en Dios; en Él basaba su fe, su confianza y su caridad, sin formalismos de ninguna especie. Las reflexiones ascéticas, que a menudo escribía y comunicaba a sus alumnos, eran profundas y magistrales: «Si tenemos enchufado el segundo canal de TVE, de vistosos colores, y Dios nos habla por el primero, no nos enteraremos de lo que Él quiere comunicarnos».