Alejandro Battaini
Sacerdote (1882-1953)
Nacimiento: Rovate-Varese (Italia), 12 de septiembre de 1882
Profesión religiosa: Foglizzo (Italia), 3 de octubre de 1898
Ordenación sacerdotal: Lérida, 18 de marzo de 1905
Defunción: Valencia, 10 de marzo de 1953
Don Basilio lo retrata así: «Ese hombre fuerte, sonriente, de mirada penetrante, buen mozo, cargado de hombros, de hablar rápido con acento extranjero y eses silbantes, simpático hasta cuando reñía, con don de gentes, querido de sus alumnos. Ese es don Alejandro Battaini… Fue un español más entre los españoles».
Nació el 12 de septiembre de 1882, en Rovate, Varese (Italia); sus padres, Carlos y Luisa, lo ingresaron como alumno interno en Valdocco, donde permaneció durante cinco años (1893-1897). De ahí pasó al noviciado en Foglizzo, donde profesó el 3 de octubre de 1898.
Después estudió en la Universidad Gregoriana de Roma y se doctoró en Filosofía el 23 de julio de 1901.
Fue enviado a España, e hizo el tirocinio práctico entre Sarrià, La Esmeralda y Mataró (1902-1905). Después estudió teología, sin dejar de dar clase, y se ordenó sacerdote en Lérida el 18 de marzo de 1905.
Trabajó en Huesca (1905-1907), como consejero, y fue destinado después a la casa de formación de El Campello, donde estuvo 13 años, 11 de ellos como director, hasta el punto que se le puede considerar como el auténtico fundador de esta casa. Tenía, al terminar, 38 años.
Según don Ambrosio Díaz: «Era uno de los hombres más preparados de la España salesiana, inteligente, apasionado, salesiano de gran valía y de brillantes intuiciones». Logró sentar las bases de la nueva casa y un estilo de formación basado en los pilares tradicionales salesianos: estudio-trabajo, piedad y alegría-espíritu de familia. Nada nuevo en la historia de la Congregación, pero, por el testimonio de quienes lo vivieron, llevado a su máxima expresión y efectividad.
Volvió por un año a Mataró, como profesor y confesor. Fue director de Carabanchel Alto en dos etapas (1921-1928 y 1931-1933), director de novicios y filósofos en Mohernando (1928-1931) y en el colegio del Paseo de Extremadura (1933-1936), donde le sorprendió la Guerra Civil española. Durante ese tiempo estuvo en Roma, como director del teologado de San Calixto.
Acabada la guerra, regresó a España y estuvo tres años en el colegio del Paseo de Extremadura, como director. Después lo destinaron a la comunidad de monseñor Olaechea en Pamplona y posteriormente lo acompañó a Valencia (1943-1953), donde murió víctima de un cáncer, el 10 de marzo de 1953. Tenía 70 años.
Fue un ejemplar y benemérito hijo de Don Bosco. Vivió más de 50 años en España trabajando fundamentalmente como docente, función que sentía profundamente casi por naturaleza. Gran maestro y educador, procuró mantenerse siempre a la vanguardia. De mente poderosa y dotado de una vasta cultura, adquirió enorme fama en nuestros colegios y seminarios como profesor de filosofía, teología, matemáticas y ciencias físico-químicas. A él se debe en gran parte el desarrollo que tomó la formación intelectual y salesiana en las inspectorías tarraconense y céltica.
Mantuvo y supo infiltrar el espíritu salesiano en cuantos le rodeaban. El sistema que Don Bosco legó a sus hijos, bebido en sus propias fuentes y asimilado por el alma nobilísima de don Battaini, fue el imán precioso con que supo atraerse a los jóvenes. Entró profundamente en sus corazones y se hizo querer entrañablemente.
Trabajador incansable, parecía un motor en constante funcionamiento, pero con Dios como fuente de energía. Amó a la Congregación con empeño y no ahorró fatiga alguna para gloria de esta madre. Ni siquiera cuando estaba gravemente enfermo dejó de dar clase, si podía mantenerse en pie. Tener que prescindir de las clases fue uno de sus mayores sacrificios. Sereno y alegre, influyó poderosa y salesianamente en sus alumnos, que conservaron de él el más grato y agradecido recuerdo.
Amantísimo de María Auxiliadora y de Don Bosco, nutrió también tiernísimo afecto y devoción por don Felipe Rinaldi. Religioso austero y ejemplar en todo momento, supo soportar todas las incomodidades de su última enfermedad con santa alegría y con ánimo maravilloso.