Manuel Lino Cabada Cabada
Sacerdote (1873-1951)
Nacimiento: Cerdedo (Pontevedra), 23 de mayo de 1873
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 8 de diciembre de 1904
Ordenación sacerdotal: Santiago de Compostela, 24 de diciembre de 1899
Defunción: Lóngora (La Coruña), 21 de abril de 1951
Nació don Manuel en Cerdedo (Pontevedra), diócesis de Santiago de Compostela, en el año 1873, de un matrimonio muy cristiano, que le supo inculcar una fe profunda y sólidas virtudes cristianas. A los 13 años, ingresó en el seminario conciliar de Santiago, con la ilusión de llegar un día a ser sacerdote. En la Navidad del año 1899, recibió la ordenación sacerdotal, en Santiago.
Conoció a los salesianos y, sintonizando con el carisma de la Pía Sociedad Salesiana, pidió ser admitido en la Congregación. Hizo las pruebas de aspirantado en el colegio de San Benito, de Salamanca. De allí pasó en 1903 al recientemente fundado noviciado de Carabanchel Alto. Entre los novicios de aquella primera promoción estaban don Manuel y don Marcelino Olaechea, a quien sucedería más tarde en el cargo de director de las Escuelas Populares Gratuitas de La Coruña. Hizo la profesión el 8 de diciembre de 1904.
Inmediatamente fue destinado como confesor a la casa de Vitoria; de allí pasó a la casa de la calle Viñas, en Santander, como catequista, en el curso 1908; después de dos años, volvió a Salamanca, pero esta vez como consejero en el colegio de María Auxiliadora.
Sus nuevos destinos, como confesor y maestro, fueron los colegios de la Ronda de Atocha, en Madrid, en el de Mataró y en el de San Matías en Vigo.
En 1918 llegó La Coruña para hacerse cargo de las «Escuelas Populares Gratuitas». A él le tocará asumir la dirección de dicha obra los cuatro años siguientes. Ante la insuficiencia de los locales y deseando que la labor salesiana tuviera horizontes más amplios, recorrió toda la ciudad para hallar el lugar adecuado para una nueva fundación. Después de haber adquirido unos terrenos, en una visita con don Felipe Rinaldi vieron los solares de una vieja fábrica de cristales y don Rinaldi, fijando los ojos en aquellos solares, dijo: «¡Este es el sitio!».
Cuatro años después, con la ayuda que prestaron al padre Manuel la gran bienhechora del colegio, la señora marquesa de Mos, a quien se debería después la fundación de Mohernando, y doña María Dolores de Adalid y González Garrido, que, poco después, donaría a la Congregación la finca de Lóngora situada a pocos kilómetros de la ciudad, los salesianos se instalaban en aquel sitio, cerca de la playa de la Barberiana, en el Orzán, convertido hoy en el gran complejo colegial y parroquial Don Bosco.
Don Manuel empleó todos los medios naturales y sobrenaturales para crear el nuevo colegio: clases elementales, salón de cine (con máquina a manivela), banda de música, talleres de mecánica, de cerrajería, de carpintería y ebanistería, de zapatería y sastrería y, en primer lugar, la capilla de María Auxiliadora. Todo ello en el tiempo récord de seis años y por el esfuerzo de un hombre con carisma.
En el año 1926, lo sustituye como director el padre Ernesto Armelles (1926-1929). Vuelve de nuevo el padre Manuel a la dirección del colegio y termina su mandato en 1932.
A partir de su cese en el cargo de director, se trasladó a la finca de Lóngora, filial de la casa de La Coruña, como encargado de la finca. Y allí permaneció hasta el fin de sus días en 1951.
El padre Manuel fue en La Coruña otro Don Bosco, derrochando entusiasmo y energías en propagar la devoción a María Auxiliadora. Los salesianos que trabajaban a su lado se sentían como hechizados y contagiados de su espíritu, de su actividad, de su amor entrañable a la Virgen, a Don Bosco, a la Congregación, a los jóvenes y a los niños. Poseía ese algo extraordinario que contagiaba a cuantos se cruzaban en su camino. Solo así se puede explicar que, en tan corto espacio de tiempo, ganara las simpatías de aquellas influyentes personas que le ayudaron a pasar de aquella «escola do caldo» a los sólidos cimientos de lo que hoy es la realidad salesiana en la ciudad de la Torre de Hércules.
Su extraordinario don de gentes lo convirtió en un mito y le valió para atraer a la órbita salesiana a muchas personas influyentes y de alta posición social y económica, que, encariñadas con la labor que realizaban los salesianos en beneficio de la niñez y de la juventud coruñesas, legaron a la Congregación bienes inmuebles, capitales y grandes fincas.
Cuando el Señor lo encontró ya maduro para el cielo, se lo llevó consigo; era víspera de Jueves Santo. Emprendió el viaje arropado con todos los auxilios espirituales, la bendición papal y besando con verdadera efusión el crucifijo durante toda su preparación al encuentro con el Señor.
Por la capilla ardiente del Pazo de Lóngora desfiló lo más selecto de la ciudad coruñesa, cosa que se repitió en los solemnísimos funerales que se celebraron en la capilla del colegio.