Florencio Celdrán Chazarra
Coadjutor (1899-1972)
Nacimiento: Benijófar (Alicante), 7 de noviembre de 1899
Profesión religiosa: Sarrià, 5 de agosto de 1927
Defunción: Valencia, 14 de diciembre de 1972
Era conocido por Don Florencio. No necesitaba más añadidos. En todo caso, puestos a bosquejar rápidamente su retrato, físico y moral, le añadiríamos el manco y el maestro bueno. Bien supo retratarlo don Basilio Bustillo: «Don Florencio “el Manco”. No podía negarlo: de niño había perdido el brazo izquierdo entre los dientes mecánicos de una noria, en su pueblo de Benijófar (Alicante), pueblo de la huerta baja alicantina, famoso precisamente por su imponente noria.
Don Florencio “el maestro bueno”. Eso fue toda su vida. Maestro, en su pueblo natal, hasta los 23 años. Maestro en el antiguo colegio de Alicante como aspirante, primero, y desde la profesión hasta la quema de conventos de 1931. Maestro, en el Santo Domingo Savio, de Valencia, desde entonces hasta su muerte, salvo el período de la Guerra Civil.
Siempre manco: era inevitable… Era hombre de aspecto corpulento, más bien alto que bajo, y manco. Cabeza redonda, tez morena, faz amable y sonriente. De andar lento. Y de un físico sin aristas. Su figura moral, la del hombre bueno por excelencia. Amable, amigo de todos. Su fiel retrato moral sería una copia de la escena: “Dejad que los niños vengan a mí”».
Había nacido en Benijófar (Alicante) el 7 de noviembre de 1899. En 1922 conoció a los salesianos de Alicante que le ofrecieron la posibilidad de dar clase en sus escuelas. Al poco tiempo pidió ser hijo de Don Bosco; tenía 23 años.
En 1926 ingresó en Barcelona-Sarrià para empezar el noviciado y el 5 de agosto de 1927 profesó como salesiano coadjutor, después de que don Felipe Rinaldi le dispensara de la falta de un brazo.
Ya salesiano, fue enviado a Alicante, donde permaneció hasta la quema de las escuelas en 1931. Entonces lo mandaron a Valencia-San Antonio, donde le sorprendió la Guerra Civil española. Nunca pudo olvidar el momento en que el guardapolvo de clase con que se cubría en ese momento quedó empapado con la sangre del señor inspector, don José Calasanz, acribillado por un mozalbete sobre la camioneta que les conducía a la cárcel de Valencia, episodio del que él mismo da testimonio en el libro Lauros y Palmas. Terminada la guerra, volverá a su colegio de Valencia y en él permanecerá hasta su muerte.
Don Florencio fue un hombre bueno, amable, amigo de todos, solícito en ayudar, animar, felicitar y buscar empleo para sus antiguos alumnos.
Fue un maestro, como queda dicho, que hizo de su vida una lección constante en el aula (¡y sin titulación!) y fuera de ella, al frente de 70-90 niños en clase, a quienes preguntaba todos los días, corregía sus trabajos, preocupado sobre todo por los más atrasados, a quienes daba clases de repaso. Sus antiguos alumnos le adoraban, mantenían correspondencia con él, algunos enviaban a sus hijos para hacerle compañía, al final de sus días, en las horas de forzada soledad.
Salesiano de cuerpo entero, amante de Don Bosco y de María Auxiliadora, fiel a los superiores, trabajador incansable, piadoso y siempre afable.
Una arteriosclerosis progresiva y un amago de trombosis fueron minando su salud hasta producirle la muerte en la noche del día 14 de diciembre de 1972, a los 73 años. Fue enterrado en el panteón salesiano de Benimaclet (Valencia).