Luis Chiandotto Favro
Sacerdote (1921-1971)
Nacimiento: Concordia Sagitaria (Venecia), 22 de diciembre de 1921
Profesión religiosa: Pinerolo (Italia), 28 de diciembre de 1937
Ordenación sacerdotal: Salamanca, 24 de abril de 1949
Defunción: Roma, 17 de agosto de 1971
Terminados los estudios elementales en su pueblo natal, hizo el aspirantado en Bene Vagienna (Cuneo) y en 1936-1937 el noviciado en Monte Oliveto (Pinerolo). Estudió en Turín-Rebaudengo de 1938 a 1942, donde se doctoró en filosofía. Después de un año de enseñanza en Nave (Brescia), fue destinado a Mohernando (Guadalajara), donde permaneció dos cursos como profesor de filosofía.
En 1945 emprendió los estudios teológicos en la Universidad Pontificia de Salamanca, donde consiguió la licenciatura en 1949. Aquellos fueron años de estudio incansable y, al mismo tiempo, de fervoroso apostolado juvenil en el colegio de María Auxiliadora, donde enseñaba filosofía a los estudiantes de bachillerato. En la iglesia del colegio recibiría la ordenación el 24 de abril de 1949 de manos de monseñor Marcelino Olaechea.
En 1950 fue destinado al teologado de Carabanchel Alto en calidad de profesor de teología dogmática. En 1959 le fue confiada la dirección de aquel estudiantado, cargo que conservó cuando, en 1961, el estudiantado fue trasladado a Salamanca. En 1965 fue llamado a dirigir la nueva inspectoría del PAS (Pontificio Ateneo Salesiano), surgida del XIX Capítulo General.
Desgraciadamente, en marzo de 1966, tuvo metástasis en el cerebro de un cáncer padecido anteriormente y a causa del cual se le había extirpado un riñón. Sucesivas operaciones quirúrgicas no frenaron el avance del mal. Relevado de su cargo, permaneció en el PAS hasta su muerte.
El 31 de agosto de 1970, regresando de Lanuvio al PAS, dio a los hermanos unas Buenas noches que fueron el programa de su último año de vida: «He predicado muchas veces que es necesario cumplir la voluntad de Dios, incluso cuando esta se presenta bajo la forma de cruz. Pues bien, ahora me toca a mí. Acepto voluntariamente la cruz que el Señor me ha enviado. Sé que debo prepararme ahora para ir a su encuentro y acepto con alegría su voluntad».
El Señor lo condujo por caminos misteriosos hasta hacer de él un religioso ejemplar, sencillo y fiel; un sacerdote pleno de celo y dedicación; un superior bueno y comprensivo; el hombre del sufrimiento físico y moral, fuerte y sereno.