Manuel Díaz Ledo
Sacerdote (1912-1982)
Nacimiento: Casasoá (Orense), 1 de junio de 1912
Profesión religiosa: Sarrià, 6 de agosto de 1928
Ordenación sacerdotal: Madrid, 30 de junio de 1940
Defunción: Tibidabo (Barcelona), 11 de mayo de 1982
Nació el 1 de junio de 1912 en Casasoá (Orense); sus padres, Severo y Constantina, a los 10 años lo llevaron interno en Sarrià. Luego marchó al aspirantado de El Campello (1923-1927), hizo el noviciado en Sarrià y la primera profesión el 6 de agosto de 1928.
Estudió los dos años de filosofía entre Sarrià y Gerona, y realizó el tirocinio práctico entre Villena y Sant Vicenç dels Horts, y Huesca. Después estudió teología tres años en Turín-La Crocetta (1934-1937) y Carabanchel Alto (1939-1940), siendo ordenado sacerdote por monseñor Olaechea, el 30 de junio de 1940.
De 1941 a 1946 trabajó en Mataró y Sarrià, simultaneando la docencia con estudios de filología Clásica, después fue destinado a Mataró (1946-1949) como consejero y catequista, y a Valencia-San Antonio (1949-1951) como consejero. Fue profesor en la Universidad Pontificia de Salamanca (1951-1958), delegado inspectorial de cooperadores y antiguos alumnos de la inspectoría de Valencia (1958-1961), director de Villena (1961-1964), trabajó también en Alicante (1964-1966), Valencia-San Antonio (1966-1968) como confesor y, finalmente, en el Tibidabo (1968-1982), donde murió de cáncer el 11 de mayo de 1982, a los 69 años.
Hombre fogoso, trabajador, jovial y extrovertido, toda su personalidad se volcaba entera en su palabra, ya fuera en amigable conversación o a través de la oratoria sagrada. Aunque poseía un gran bagaje cultural, jamás se vanagloriaba de ello.
Hablaba el catalán con precisión, pero no disimulaba su amor por Galicia, cuyos verdes valles, cultura y gentes llevaba metidos en su corazón. Con todo, como otros grandes salesianos, supo encarnarse perfectamente en tierras levantinas y catalanas.
Amó siempre mucho a los antiguos alumnos, haciendo por ellos infinidad de sacrificios. Así nos lo recuerda un testigo: «Don Manuel fue un auténtico hijo de Don Bosco; profundamente enraizado en aquellas esencias de salesianidad, que supieron infundirnos aquella pléyade de abnegados y auténticos salesianos, que nos educaron en nuestra niñez y adolescencia». Otra característica fue el número considerable de amigos que tenía; no se olvidaba de ellos en ningún instante, sobre todo en los momentos especiales de dolor o de alegría.
La última enfermedad hubo de ser un verdadero martirio para él, porque significaba renunciar a llegar a los demás, fieles o amigos. Entonces decidió dedicarse a la traducción de textos italianos salesianos.