Díaz Rivas, Camilo

Camilo Díaz Rivas

Coadjutor (1902-1944)

Nacimiento: Maliaño (Santander), 7 de febrero de 1902
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 24 de julio de 1921
Defunción: Huesca, 20 de julio de 1944

Nació el 7 de febrero de 1902, en Maliaño (Cantabria). Sus padres, Federico y Regina, entregaron tres hijos a la Congregación: Faustino, Ambrosio y Camilo.

Camilo entró, como sus hermanos, en el colegio salesiano de Santander, hizo el aspirantado en El Campello y comenzó en Carabanchel Alto el noviciado, culminado con la profesión religiosa como clérigo, el 24 de julio de 1921.

Trabajó en los colegios de Sarrià y Ciutadella, y realizó el tirocinio práctico en Argentina, haciendo el servicio militar sustitutorio en Tucumán (1924-1929). También trabajó, como coadjutor, en Valencia (1929-1932) y Huesca (1932-1944), donde murió el 20 de julio de 1944.

No era muy brillante en el campo de lo intelectual, pero era sobresaliente en pedagogía práctica y en salesianidad. Su guardapolvo blanco siempre pulcro y bien planchado, su porte aristocrático y su saber estar en su sitio imponían. Con traje negro, camisa blanca y corbata los domingos, parecía todo un señor; además, su elegante y sereno temple estaba impregnado de suave caridad. Todos lo querían, por la dulzura de su carácter y por su abnegación y sacrificio.

Sus excelentes dotes profesionales para la escuela, su bella voz para cantar, su brillante actuación en el teatro y sus magníficas cualidades para organizar y dirigir los deportes iban siempre acompañadas de sencilla naturalidad. Se le definió como «el ángel del trabajo».

Una ligera epilepsia le había obligado a dejar la sotana. Su muerte, inesperada y santa, conmovió a toda la juventud de Huesca. Al anunciársele la intervención quirúrgica, dijo, como si se tratara de una de sus actuaciones teatrales: «Hemos llegado al fin».

Al explicársele la gravedad de su estado, respondió serenamente: «Gracias; ayudadme a bien morir».

Pidió su rosario, besó las Reglas y las estampas salesianas, y se despidió de la comunidad con la frase: «Que no sufran por mí; les espero a todos en el Paraíso».