Faustino Díaz Rivas
Sacerdote (1906-1992)
Nacimiento: Maliaño (Cantabria), 10 de mayo de 1906
Profesión religiosa: Sarrià, 28 de agosto de 1923
Ordenación sacerdotal: Gerona, 20 de mayo de 1932
Defunción: Madrid, 9 de marzo de 1992
Había nacido en Maliaño (Cantabria) muy cerca de la ciudad de Santander. Su familia, acomodada y creyente, entregó a la Congregación a sus hijos Camilo (coadjutor), Faustino, Ambrosio, así como a su sobrino Esteban Rivas. Parientes y amigos criticaban este desprendimiento de sus padres como falta de previsión ante un posible futuro. Pero sus padres respondían siempre: «Preferimos tener que ir a parar a un asilo de ancianos, antes que uno de nuestros hijos tenga que decir, algún día, que por nuestra culpa no ha podido seguir su vocación».
En 1916 ingresó como interno en el colegio salesiano de Santander y en 1918 fue al aspirantado de El Campello. En el curso 1922-1923 hizo el noviciado en Barcelona-Sarrià y allí profesó el 28 de agosto de 1923, continuando los estudios de filosofía en Sarrià, de 1923 a 1925. Fue destinado a hacer el trienio práctico al colegio de Mataró y allí continuó durante cuatro años más, trabajando y haciendo a la vez los estudios de teología. Fue ordenado sacerdote en Gerona el 20 de mayo de 1932. Se quedó en Mataró como catequista y consejero. En 1934 pasó a residir en la casa de Barcelona-Rocafort para poder frecuentar la universidad. En el verano de 1936 fue a Inglaterra para perfeccionarse en el inglés, pero al estallar la Guerra Civil regresó a España y residió en el colegio de María Auxiliadora de Salamanca.
En 1939, acabada la guerra, volvió a Mataró como consejero y catequista. De 1946 a 1948 frecuentó la Universidad Complutense de Madrid, donde se licenció en Ciencias Exactas. Al terminar sus estudios fue nombrado director de Barcelona-Horta (1948-1951). De 1951 a 1960 fue director del colegio salesiano de Valencia, durante nueve años, sus más recordados y felices, donde entabló amistad con personalidades de la universidad y especialmente con el arzobispo salesiano, don Marcelino Olaechea. Fueron años en los que el colegio adquirió un gran prestigio y un alto nivel académico.
Se encontró con una comunidad compleja formada por 31 salesianos. Consciente de su responsabilidad, se hizo presente en todos los sectores de la casa. Atendió con corazón sacerdotal la parroquia, su culto y las asociaciones de Acción Católica. Su gran preocupación fue asegurar la unidad de los responsables y cuantos integraban aquella comunidad educativa. Son muchos los testimonios que hablan del director, de su personalidad, de su talante abierto, anticipándose prudentemente a lo que después sería normal con el Concilio y el Capítulo General Especial. Su carácter profundamente humano creaba cercanía, comprensión y aseguraba la eficacia de sus determinaciones. Un somero análisis de la situación le llevó a poner en práctica dos criterios que le acompañaron toda su vida: el estudio y la disciplina.
El colegio, como escuela católica, debía transmitir muchas cosas, pero, sobre todo, debía transmitir una enseñanza de calidad, con rigor científico y buena pedagogía. Reorganizó el profesorado y fomentó su perfeccionamiento. Pero había que hacerlo con orden y disciplina, una disciplina a modo salesiano, lo que suponía la presencia educativa constante, sin cansarse y con espíritu de iniciativa. No se encerró ni aisló en el colegio, sino que buscó cauces para su iniciativa pastoral. Una estructura que fomentó con entusiasmo fue la Compañía de la Inmaculada: a través de ella fue seleccionando un grupo de jóvenes que analizaban la situación y las iniciativas colegiales para hacerlas propias y colaborar a su realización en el ambiente. Otra inquietud que llevó muy dentro fue su trabajo con los antiguos alumnos, especialmente con los universitarios. Su licenciatura en Exactas prestigió su persona y sirvió para crearle muchas amistades entre los profesores de la Universidad de Valencia. Terminado su sexenio como director, le fue prolongado por otro trienio.
En 1960 fue destinado a dirigir la Editorial Catequística Salesiana de Madrid. En 1969, la Caja de Ahorros de Ronda pidió a los salesianos que se hicieran cargo del colegio mayor San Juan Evangelista y la Conferencia Ibérica presentó al Ministerio como director a don Faustino. Al cesar en el colegio en 1973, se integró en la comunidad de Estrecho, donde dio clase hasta que los trastornos circulatorios le produjeron una sordera que dificultaba su relación con los alumnos en la clase. Durante varios años se encargó de la Archicofradía de María Auxiliadora, colaboró con la parroquia y hasta el domingo antes de su muerte atendió una eucaristía dominical en las salesianas de la Plaza Castilla.
El sábado día 7 de marzo de 1992, hizo vida normal, acusando un pequeño constipado. El domingo, día 8, no acudió a la eucaristía de las salesianas, ni al comedor. Al echarlo en falta, fueron a llamarlo a su habitación y lo encontraron en la cama muy débil. Fue trasladado a la Clínica La Milagrosa, donde, vista la gravedad, se le administró la unción de los enfermos. Se avisó a sus familiares, que acudieron a la clínica, entre ellos su hermano Ambrosio, que lo asistió en los últimos momentos, pues a pesar de los esfuerzos de los médicos, fue entrando en un profundo letargo hasta que el lunes, día 9, dejaba este mundo, víctima de una neumonía.
Don Faustino poseía una gran personalidad humana y religiosa, se ganaba la amistad del personal del colegio y, sobre todo, el afecto de toda la comunidad. Delicado, fino, respetuoso, de porte distinguido, su cortesía era fruto de sus grandes cualidades, de su talante universitario, de su recia personalidad, de su sacerdocio y de su convencida vocación salesiana.