Encinas Hernández, Rufino

Rufino Encinas Hernández

Sacerdote (1909-1974)

Nacimiento: Gejuelo del Barro (Salamanca), 22 de mayo de 1909
Profesión religiosa: Mohernando, 12 de octubre de 1931
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 30 de mayo de 1942
Defunción: Bilbao, 28 de febrero de 1974

Después de su período de formación inicial como salesiano, don Rufino llevó a cabo su misión salesiana en Orense (1933-1935), en Madrid-Atocha (1935-1936) y posteriormente ocupando cargos de responsabilidad en Madrid-Atocha (1943-1944), Barakaldo (1944-1947), Vigo-San Matías (1947-1948), Madrid-Atocha (1948-1954), Madrid-San Fernando (1954-1957), Bilbao-Deusto (1957-1963) y Pamplona (1963-1966). También como vicario inspectorial (1966-1972) y encargado inspectorial de los bienhechores de las vocaciones y de los cooperadores de Bilbao-Deusto (1972-1974).

Don Rufino fue ante todo un hombre bueno, incapaz (afortunadamente) de hacer mal a nadie y de no hacer a cualquiera todo el bien que pudiera. Por eso se le quiso tanto y fueron tantísimas las personas que siguieron con ansiedad el largo proceso de su enfermedad.

Don Modesto Bellido, escribía: «Mucho apreciaba a don Rufino y tenía con él verdaderas deudas de gratitud. A costa de sacrificios me sacó varias veces de apuros en mis años de inspector. Siempre le hallé dispuesto para abrazar la cruz. Ante cargos de responsabilidad, y que él juzgaba superiores a sus fuerzas, debido a su juventud, presentaba sencillamente las dificultades, que agrandaba con su humildad. Posteriormente quedaba tranquilo y emprendía su trabajo con serenidad y optimismo» (carta del 1 de marzo de 1974).

Las vocaciones salesianas fueron su obsesión hasta el final. Trabajando por ellas, se había llevado las más grandes alegrías y las desilusiones más dolorosas.

Murió en la tarde del día 28 de febrero de 1974, a los 64 años. Finalizada la última oración, quedó mirando la pequeña estatua de María Auxiliadora, que tenía sobre su mesa de trabajo, vuelta hacia su lecho. Los que le conocieron saben bien cuánto había hecho por difundir su devoción. Don Rufino, aquella tarde, como tantas veces, dijo su sí y se puso en las manos de Dios.