Antonio Fernández Camacho
Sacerdote (1892-1936)
Nacimiento: Lucena (Córdoba), 22 de octubre de 1892
Profesión religiosa: Sevilla, 15 de septiembre de 1909
Ordenación sacerdotal: Sevilla, 23 de septiembre de 1917
Defunción: Sevilla, 20 de julio de 1936
Beatificación: Roma, por el papa Benedicto XVI, el 28 octubre de 2007
Nació el 22 de octubre de 1892 en Lucena (Córdoba), hijo único de una familia modesta y cristiana.
Huérfano de padre, guardia civil, pasó varios años en Villamartín (Cádiz), pueblo natal de su madre. En 1901 marcharon a Sevilla, con la ayuda del sacerdote don Sabas Pérez.
En Sevilla ingresó en las escuelas salesianas de la Santísima Trinidad, donde fue cautivado por el espíritu de Don Bosco, y allí mismo hizo el aspirantado, el noviciado y los estudios filosóficos. Emitió sus primeros votos el 15 de septiembre de 1909.
Tras dos años en Córdoba y Écija dedicados a la docencia, volvió a Sevilla, donde estudió teología y fue ordenado por el cardenal Almaraz el 23 de septiembre de 1917. Celebró su primera misa en el convento de Santa María la Real, en el que su madre había profesado como religiosa dominica.
Desarrolló su vida salesiana casi toda en Sevilla, menos el sexenio pasado entre Utrera, Ronda y Alcalá de Guadaíra, alternando los cargos de catequista, profesor y jefe de estudios.
Tras el estallido de la Guerra Civil, la tarde del 19 de julio de 1936, tras extinguir un fuego en el taller de carpintería del colegio y en medio de un constante tiroteo por parte de los milicianos, algunos salesianos salieron a hospedarse en casa de amigos y conocidos. Antonio, acompañado del estudiante interno Arsenio Ortiz Moreno, pasó esa noche en una pensión. La mañana del lunes 20, celebró la misa a las ocho en la capilla del Protectorado del Niño Jesús de Praga. Tras visitar a unos conocidos, se dirigió a ver a su anciana madre, que residía temporalmente en la casa de las Hijas de María Auxiliadora en la calle Castellar, número 44. Terminada la visita, se volvió a los salesianos de la Trinidad. En el camino fue detenido por un miliciano y, al cachearlo y encontrar un crucifijo y ser reconocido por otro miliciano como cura, recibió varios disparos. Lo dejaron herido y posteriormente, al encontrarle un escapulario y otro crucifijo, volvieron los milicianos a dispararle a bocajarro y allí mismo murió desangrado. Sus restos mortales no fueron hallados. Según algunos testigos, fueron echados en los rescoldos de la iglesia incendiada.
Don Antonio se distinguió siempre por un admirable don de gentes. Entregado a la docencia y asistencia salesiana, animaba a grupos de jóvenes, organizaba juegos oratorianos, funciones de teatro… Predicaba con mucha elocuencia y dirigía espiritualmente tanto a jóvenes como a adultos.