Rafael Flores López
Sacerdote (1901-1986)
Nacimiento: Montilla (Córdoba), 25 de junio de 1901
Profesión religiosa: San José del Valle, 10 de septiembre de 1920
Ordenación sacerdotal: Cádiz, 14 de junio de 1930
Defunción: Mérida (Badajoz), 10 de noviembre de 1986
Rafaelito, como lo llamaban los íntimos, nace en la ciudad cordobesa de Montilla en el seno de una familia sencilla y profundamente cristiana. No se avergonzaba de hablar de la extrema pobreza de los suyos y cómo fueron atendidos por la bondad del conde de la Cortina, para quien siempre tuvo palabras de afecto, agradecimiento y admiración. En 1899 el Conde había conseguido instalar a los salesianos en Montilla, en cuyo colegio cursó sus estudios primarios.
A pesar de ser hijo único, sus padres alentaron su vocación salesiana, enviándolo al aspirantado de Écija. En San José del Valle hace el noviciado y la primera profesión (10 de septiembre de 1920), y a continuación los estudios filosóficos. El trienio lo realiza en Alcalá de Guadaíra, los estudios de teología los inicia en El Campello y prosigue en Sevilla-Trinidad y San José del Valle, coronados con la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1930 en Cádiz.
Hombre de asiento duradero, le bastaron dos casas para desarrollar plenamente su ministerio salesiano-sacerdotal: Écija y Mérida.
En Écija pasa 30 años (1930-1937, 1944-1967), interrumpidos por los siete años (1937-1944) transcurridos en Sevilla-San Benito hasta su cierre. Estos 30 años personificaron su vida salesiana y fue tan querido en Écija, que quiso reconocerle públicamente su labor en favor de los más pobres, dedicando a su nombre una hermosa plaza.
En la veintena restante de su vida (1967-1986) será Extremadura la que disfrute de su salesianidad. En 1967, al cerrarse la casa de Écija, es enviado a la nueva presencia, abierta en Fregenal de la Sierra (Badajoz) por un solo año. Y es entonces cuando recibe su obediencia definitiva a Mérida, con la misión de ser el confesor de la casa. Y en la bimilenaria ciudad emeritense descansa en la paz del Señor desde el 10 de noviembre de 1986. Llevó, hasta sus últimos momentos, con paciencia y alegría, lo que la comunidad emeritense llamaba cariñosamente el pequeño oratorio.
Se le escapaba la humildad en hechos más que en palabras, encarnaba la pobreza extrema y el sentido del servicio. «Siempre he sido pobre; mis padres eran pobres y deseo morir pobre», repetía con frecuencia.
Don Rafael era la serenidad que se hacía perenne y auténtica sonrisa, fruto de su vida interior. La eucaristía diaria fue centro de su ser y quehacer salesiano-sacerdotal. De aquí que en sus últimos años, cuando ya no podía trabajar y se ayudaba con unas sencillas muletas, su lugar habitual era la capilla, donde prestaba el único servicio posible a la comunidad: dedicar muchas horas a rezar por todos los hermanos y para que el trabajo fuera eficaz y fecundo.
Estos fueron sus tres amores: la Congregación, María Auxiliadora y Don Bosco. «No dejaré nunca, repetía don Rafael, de dar gracias a Dios y a María Auxiliadora por ser cristiano y salesiano. Son las dos cosas más grandes que han podido ocurrirme. La mayor riqueza que tengo es la fe y el ser salesiano».