García Rosas, Andrés

Andrés García Rosas

Sacerdote (1921-1997)

Nacimiento: Pedroche (Córdoba), 29 de agosto de 1921
Profesión religiosa: San José del Valle, 16 de agosto de 1940
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 29 de junio de 1950
Defunción: Sevilla, 3 de agosto de 1997

Nació en el pueblo cordobés de Pedroche. Sus padres lo ingresan interno en los carmelitas de la cercana villa de Hinojosa del Duque (1931), para cursar los estudios primarios, no ocultando su santa madre, terciaria carmelita, el gozo de ver brotar en el hijo la vocación religiosa y sacerdotal. Dos años después entra en contacto con los salesianos de Pozoblanco. Fueron suficientes 15 días para que el director, Antonio do Muiño, descubriera en Andrés la aptitud para ser salesiano.

Ingresa en Montilla en plena novena de la Inmaculada de 1933 y pronto se da a conocer como solista dotado de una hermosa voz y de aptitud para la música, que convertirá en medio de apostolado en funciones religiosas y actos académicos. En San José del Valle hace el noviciado, concluido el 16 de agosto 1940 con la primera profesión temporal, y por durante años estudia filosofía.

En Écija realiza durante cuatro años la experiencia práctica de la vida salesiana, otros cuatro en Carabanchel Alto estudia teología y el 29 de junio de 1950, subraya en su diario personal, «el Señor culminó en mí sus maravillas haciéndome partícipe de su sacerdocio».

«Mis primeras experiencias —escribe— tuvieron como campo la casa recientemente abierta de Granada (1950-1955) de la mano del inolvidable don José María Manfredini y el estímulo del solícito don Ángel Mateos». De la casa granadina pasa como consejero al oratorio de Jerez de la Frontera y luego, por otro cuatrienio, a Utrera.

En 1963 es destinado a dirigir la casa de Arcos de la Frontera, enclavada en una barriada eminentemente popular. A excepción de las breves estancias en Fregenal de la Sierra, Sevilla-Triana, Rota, Morón de la Frontera y Campano, las dos décadas siguientes las pasa en Carmona, donde reconoce su deficiente salud, aquejado de diabetes y avanzado reumatismo.

Después de tres años en la casa de Huelva, es trasladado al noviciado de Sanlúcar la Mayor, garantía de paz y tranquilidad, y finalmente pasó a formar parte de la comunidad Don Pedro Ricaldone habilitada para enfermos, donde falleció a los 75 años el 3 de agosto de 1997.

Andrés era el hombre bueno, que iba dejando huella por donde pasaba. Fue ante todo el hombre siempre disponible. Y los superiores siempre encontraron en él, al religioso dispuesto a ir al lugar que le proponían, con frecuencia por necesidad de cubrir un puesto o solventar una emergencia. «Pero —escribe— no es el corazón ni los gustos los que deben prevalecer en nuestra conducta, sino la voluntad de Dios manifestada a través de una obediencia».