Gil González, Benedicto

Benedicto Gil González

Coadjutor (1917-1983)

Nacimiento: Monleras (Salamanca), 6 de marzo de 1917
Profesión religiosa: San José del Valle, 8 de septiembre de 1936
Defunción: Utrera, 18 de febrero de 1983

Nace en el pueblecito salmantino de Monleras en el seno de una familia campesina, profundamente cristiana. En septiembre de 1931 ingresa en el aspirantado de Montilla. Pasa después a San José del Valle para hacer durante el curso 1935-1936 el noviciado, que cierra con la profesión religiosa el 8 de septiembre de 1936, y en los tres cursos siguientes estudia filosofía, mientras dura la Guerra Civil.

El trienio de prácticas pedagógicas (1939-1942) lo pasa entre Écija y Sevilla-Triana, donde hace su profesión perpetua. Pero en las pruebas de estos años mide sus fuerzas y, aconsejado por sus formadores, decide dejar los estudios eclesiásticos y seguir en la Congregación como salesiano coadjutor.

Y desde ahora, siempre como maestro y asistente, recorrerá parte de la geografía andaluza salesiana: Málaga, Cádiz, Sevilla-Trinidad, Algeciras, Puebla de la Calzada y Campano. Por último, ya bastante enfermo, pasa unos meses en Carmona (1981), rumbo hacia Utrera, su morada definitiva.

La figura de Benedicto llama la atención por su sencillez, rayana en la ingenuidad, y por su afabilidad. Es el típico hombre bueno que pasa, como de puntillas, por todas partes. Se gana el cariño de todos por su talante juvenil y abierto. Servicial en extremo, goza con hacer el bien a todos y saberse útil a los demás. No se le oye nunca una palabra de queja, de censura contra nadie. Por el contrario, agradece siempre el más mínimo servicio que se le presta. Esto se puso bien de manifiesto cuando, al progresar su enfermedad, se quedó casi ciego. ¡Con qué humildad aceptaba su situación y sabía ofrecer a Dios el sacrificio de su vida!

Trabajador incansable, nunca se negó a tarea alguna que él pudiera realizar. Tenía facilidad para el aprendizaje de idiomas y se diplomó en francés. Desde entonces, la clase de francés fue para él el yunque donde se forjó su personalidad de educador, escuela donde aprendió a santificarse.

Fue un salesiano con un amor entrañable a su vocación, a la Congregación, a Don Bosco y a María Auxiliadora. Hombre de fe inconmovible, supo manifestarla en obras más que en palabras. Fue de aquellos que hacen y no dicen.

Se fue silenciosamente, víctima de un fulminante ataque diabético. Ese mismo curso había sido enviado a Utrera en busca de tranquilidad. Falleció el 18 de febrero de 1983, a los 65 años.