Fernando Iglesias Rodríguez
Sacerdote (1908-1978)
Nacimiento: Casasoá (Orense), 8 de diciembre de 1908
Profesión religiosa: Sarrià, 25 de septiembre de 1928
Ordenación sacerdotal: Pamplona, 24 de diciembre de 1940
Defunción: Sant Boi de Llobregat (Barcelona), 27 de marzo de 1978
Nació el 8 de diciembre de 1908 en Casasoá (Orense), de una familia muy cristiana que entregó dos hijos, José y Fernando, a Dios y a la Congregación Salesiana.
Fernando fue alumno en Sarrià (1922-1924) y luego pasó al aspirantado de El Campello (1924-1927), inició el noviciado en Sarrià, donde profesó el día 25 de septiembre de 1928. Estudió la filosofía entre Sarrià (1928-1929) y Gerona (1929-1930) y realizó el tirocinio práctico en Sarrià (1930-1933). En Madrid-Carabanchel Alto (1933-1936) comenzó los estudios de teología, que tuvo que interrumpir por la Guerra Civil española. Después acabó los estudios y fue ordenado sacerdote en Pamplona, por monseñor Marcelino Olaechea, el 24 de diciembre de 1940.
Trabajó un año en Mataró, pasó a Burriana (1942-1945), a Valencia-San Juan Bosco (1945-1950), como consejero, Sant Vicenç dels Horts (1950-1952), L’Arboç (1952-1954), como administrador, Huesca-Heredia (1954-1961), como director, Hogares Mundet (1961-1964, 1970-1971), Huesca-Residencia (1964-1970), como director, y Sant Boi de Llobregat (1971-1975), como administrador, donde murió el 27 de marzo de 1978, a los 69 años.
Era un salesiano bueno de los pies a la cabeza y gran trabajador. Decía: «Hay que evitar dos tipos de salesianos: los que han convertido el trabajo en un mito y los que viven de los que trabajan». «A mí personalmente me da igual las antiguas Constituciones que las nuevas, porque ni unas ni otras servirán para nada si los salesianos no seguimos el espíritu de Don Bosco: trabajo, trabajo y trabajo».
Se puede decir que Huesca fue el lugar donde se sintió más a gusto.
En sus últimos años ayudaba en el ministerio de la parroquia y en un club deportivo juvenil obrero; era su ilusión y su entretenimiento. Se agradecía en la comunidad su presencia, como la del abuelito que vuelve de la faena ya hecha, y que hacía reír con sus ocurrencias llenas de gracia; pero que también reñía de vez en cuando a los hermanos jóvenes de la manera que solo él sabía hacerlo.