Pablo Jiménez Blázquez
Coadjutor (1889-1977)
Nacimiento: Macotera (Salamanca), 24 de septiembre de 1889
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 22 de agosto de 1918
Defunción: Tibidabo, 10 de julio de 1977
Nació el 24 de septiembre de 1889, en Macotera (Salamanca). Sus padres, Melchor y Teresa, formaron una cristiana familia de siete hijos, tres de ellos religiosos y uno sacerdote diocesano: su hermana Ana María fue salesiana; Antonio, asesinado en 1936, jesuita; Remigio, sacerdote; y Pablo, salesiano.
Vivió su juventud en el pueblo, dedicado a las labores del campo; pero, a los 25 años, marchó a los salesianos de Salamanca (1914-1915), y luego a Gerona (1915-1917). En Carabanchel Alto hizo el noviciado y la profesión religiosa como coadjutor, el 22 de agosto de 1918.
Estuvo destinado en Gerona (1918-1921) y, apenas hizo la profesión perpetua, fue enviado a Cuba (1921-1927). Trabajó en La Habana y Camagüey, como encargado de obras y del oratorio festivo, hasta que se resintió su salud. Vuelto a España, se le envió a El Campello (1927-1931). Cuando en 1931 la casa quedó arrasada por las milicias republicanas, permaneció en el seminario defendiendo a capa y espada lo que quedó tras las llamas y el saqueo.
Con otros náufragos de la quema recaló en Sant Vicenç dels Horts, pero en 1932 fue destinado a Alicante para seguir de cerca la situación de la casa salesiana, también arrasada. Vio cómo en julio de 1936 la asaltaban de nuevo. El 19 de agosto fue reconocido por un miliciano y condenado a muerte. Gracias a la intervención del cónsul argentino, pudo salir de la cárcel y llegar hasta Pamplona, donde fue acogido por monseñor Olaechea.
Estuvo en Carabanchel Alto (1937-1939), trabajando la huerta y vigilando el colegio. Al acabar la guerra trabajó en El Campello (1939-1942), Mataró (1942-1943), Sarrià (1943-1950) como despensero, Alicante (1950-1953) como sacristán, Gerona (1953-1963) como encargado de la huerta; Huesca (1963-1966) y finalmente en el Tibidabo (1967-1977) como sacristán. Allí murió de cáncer el 10 de julio de 1977, a los 87 años.
Lo más relevante de don Pablo fue su piedad profunda, reflejo de una fe recia. Admirables fueron su espíritu de trabajo, su tenacidad y su interés por la Congregación. Plenamente identificado con su vocación, fue fiel a las múltiples misiones especiales que se le encomendaron. «Hombres de genio me dé Dios», repetía con frecuencia, para justificar el suyo, que se esforzaba por dominar. Ya en el noviciado le habían calado: «Mucho genio, pero mejor corazón».