Antonio Jiménez Romero
Sacerdote (1923-2017)
Nacimiento: Córdoba, 2 de abril de 1923
Profesión religiosa: San José del Valle (Cádiz), 16 de agosto de 1943
Ordenación sacerdotal: Madrid, 28 de junio de 1953
Defunción: La Orotava (Santa Cruz de Tenerife), 22 de julio de 2017
Nació el 2 de abril de 1923 junto a la catedral-mezquita de Córdoba. Hijo único de Antonio y Dolores. Fue desde pequeño monaguillo y cantor en los salesianos de su ciudad natal.
Terminada la Guerra Civil, hizo el aspirantado. En 1942 ingresó en el noviciado de San José del Valle y emitió sus primeros votos el 16 de agosto de 1943. En 1944 realizó el servicio militar en Figueres (Gerona) junto al también salesiano Antonio Ferrete. Estudió filosofía en Nuestra Señora de Consolación en Utrera (1943-1945). El tirocinio práctico (1945-1949) lo realizó en las escuelas de San Diego en Utrera, en Sevilla y en Granada, donde conoció a fray Leopoldo de Alpandeire, a cuya beatificación asistió, 50 años después.
Tras renovar sus votos en 1946 y emitir sus perpetuos en 1949, cursó los estudios de teología en el estudiantado de Carabanchel Alto y fue ordenado en Madrid el 28 de junio de 1953.
Desde entonces desarrolló su labor pastoral en el colegio de Triana (1953-1955); en Cádiz (1955-1956); en Montilla (1956-1960); en Pozoblanco (1960-1972), en Palma del Río (1972-1978); en la Universidad Pontificia Salesiana en Roma (1978-1979) —en la que obtuvo la diplomatura en teología pastoral—, y en La Orotava (1979-2017).
Afectado por el Alzheimer, falleció debido a una afección cardíaca, el sábado 22 de julio de 2017 a los 94 años de edad. Llegó a esa edad avanzada con plenitud de facultades, lo que él atribuía a tres cosas: a una buena alimentación, a caminar mucho y a estar siempre entre los muchachos.
Creativo, original, artista, con espíritu de iniciativa. Hombre práctico y de soluciones rápidas. Audaz en las iniciativas y organizador nato. Con gran capacidad de trabajo y de entrega generosa. Cultivaba las relaciones con sus antiguos alumnos y amigos, después de empeñarse en buscarles trabajo. Aprovechaba los veranos para reunirse con ellos y verlos. Su conversación y sus chistes amenizaban veladas y sobremesas. Culto y de gran memoria. Viajero incansable, correcaminos por los senderos del mundo, peregrino de los lugares santos y marianos… Y, sobre todo, devoto de la Virgen Auxiliadora, gran difusor y animador de los distintos núcleos de devoción mariana en toda la isla de Tenerife. Sabía disfrutar de una buena mesa y de una simpática velada. Fue siempre una persona cordial y cercana, aunque tenía sus prontos y sus momentos de aislamiento.
Gran ejemplo de salesiano por donde pasó, especialmente en La Orotava, donde entregó, con gran alegría y espíritu de servicio, los últimos 38 años de su vida, marcando la vida de centenares de alumnos y devotos de la Auxiliadora en la Villa y en el conjunto de la isla.