Miguel Lasaga Carazo
Sacerdote (1892-1936)
Nacimiento: Murguía (Álava), 6 de septiembre de 1892
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 31 de julio de 1912
Ordenación sacerdotal: Barcelona, 21 de mayo de 1921
Defunción: Guadalajara, 6 de diciembre de 1936
Beatificación: Roma, por el papa Benedicto XVI, el 28 de octubre de 2007
Nació en Murguía (Álava) el 6 de septiembre de 1892. Siguiendo los pasos de su hermano José, hizo el noviciado en Carabanchel Alto, donde profesó como salesiano en 1912. El presbiterado lo recibió en Barcelona en 1921.
El primer año de sacerdocio estuvo destinado en Turín, como encargado del Boletín Salesiano en lengua española. De allí fue enviado a Perú. Habiendo regresado a España en 1928, estuvo en la casa de Atocha. En 1930 fue destinado a la casa de Mohernando, de la que fue director en 1934.
Tras el estallido de la Guerra Civil, Miguel no tuvo la suerte de su hermano José, que salió sano y salvo de la misma, como se cuenta en su reseña. Don Miguel y los seis jóvenes salesianos que le acompañaron en el martirio, ingresaron en la cárcel de Guadalajara, el día 2 de agosto de 1936. Durante los cuatro meses que permanecieron allí, él y los jóvenes salesianos lograron hacer germinar una comunidad en pequeño dentro de la prisión, aun estando diseminados por galerías distintas.
Lo mismo que en otras cárceles republicanas oficiales o improvisadas, en la de Guadalajara hubo también sacas individuales o inesperadas condenas a muerte, entre los meses de julio y diciembre. Ya el 1 de septiembre de 1936 se intentó asaltar la cárcel, como represalia por una incursión aérea de los militares franquistas, que no causó daños. Afortunadamente, la saca pretendida por un grupo de milicianos armados no se llevó a efecto. Pero este hecho inicial dejó grabado en la conciencia de todos los presos que un nuevo intento no quedaría frustrado.
Efectivamente, el día 6 de diciembre de 1936 un nuevo bombardeo fue otra vez el pretexto utilizado para desencadenar la tragedia. Concurrieron en ella todos los agravantes. El gobernador civil concedió explícitamente su anuencia y el ejército republicano colaboró directamente en la masacre. De este modo, la turba armada se desparramó por todas las dependencias de la cárcel e inmediatamente comenzaron los fusilamientos en masa que se prolongarían hasta altas horas de la noche.
Según la crónica de don Higinio Busons, un preso que logró escapar de los fusilamientos, don Miguel Lasaga se había sentado en una cama desde el momento en que se produjeron las primeras descargas. Cuando los demás presos de su grupo empezaron a dispersarse con precipitación, se levantó y los contuvo con un ademán y breves palabras: «Bueno, amigos, dijo, esperen ustedes un momento, que les voy a dar la absolución». Seguidamente, don Miguel tornó a su postura de antes, acompañado ahora por un joven salesiano que estaba con él en la misma galería.
Los asesinatos continuaron hasta avanzada la tarde. Los milicianos subían y bajaban por dormitorios y galerías. Disparaban a quemarropa, acribillaban a los refugiados en las dependencias o los empujaban al patio para ejecutarlos. Así hasta las tres de la madrugada en que acabó la descomunal masacre.
Consumado el crimen, era necesario deshacerse de los cadáveres. En camiones fueron llevados, unos hasta una fosa excavada en un olivar situado en el camino de Chiloeches, y otros a fosas comunes del cementerio de Guadalajara. Entre ellos estaban los siete salesianos. Más tarde, sus restos fueron trasladados al panteón salesiano. Con motivo de su beatificación, fueron exhumados y trasladados a la capilla de los mártires de Atocha en el año 2007.