Servacio López López
Sacerdote (1938-2016)
Nacimiento: Setiles (Guadalajara), 13 de mayo de 1938
Profesión religiosa: L’Arboç del Penedès (Tarragona), 16 de agosto de 1954
Ordenación sacerdotal: Barcelona, 3 de mayo de 1964
Defunción: Barcelona, 2 de enero de 2016
Nació en plena Guerra Civil, el 13 de mayo de 1938, en Setiles (Guadalajara). Sus padres, Teodoro y Francisca, con sus cinco hijos formaban una cristiana familia que vivía de las labores del campo y del escaso salario que el padre ganaba en la Compañía Minera de Sierra Minera.
En ese ambiente sencillo y humilde nació la vocación de Servacio que, de la mano del salesiano don Guillermo Pérez, marchó al aspirantado de Gerona. Hizo el noviciado en L’Arboç del Penedès donde emitió su primera profesión religiosa el 16 de agosto de 1954. Terminados sus estudios de filosofía en Sant Vicenç dels Horts, realizó el trienio en los Hogares Mundet de Barcelona y en Ciutadella. Estudió teología en Martí-Codolar, donde recibió la ordenación sacerdotal el 3 de mayo de 1964.
Su labor pastoral la ejerció en las casas salesianas de Barcelona-Hogares Mundet, Terrassa, La Roca, Barcelona-Meridiana, Huesca, Martí-Codolar y Tibidabo. En el mes de octubre de 2015 fue acogido en la residencia Mare de Déu de la Mercé de MartíCodolar para reponerse de una operación. Pasados unos meses, su salud empeoró, falleciendo el día 2 de enero de 2016, a los 77 años de edad.
Servacio fue siempre una persona muy apreciada por su carácter de extrema sencillez, bondad y servicialidad. Le encantaba la vida de comunidad y animaba las conversaciones del comedor con su estilo natural y alegre. A sus familiares les comentaba que se encontraba perfectamente en la vida salesiana porque «son todos tan buenos…».
Dotado de una gran fuerza de voluntad, logró con gran tenacidad capacitarse para su trabajo pastoral. Obtuvo el título de Diploma de Langue Française y la licenciatura en Filología Hispánica para extranjeros por la UNED. Últimamente se dedicaba al inglés y se había iniciado en la lengua alemana.
¡Cómo disfrutaba atendiendo a los extranjeros que visitaban el templo del Tibidabo!
Quienes convivieron con él lo recuerdan como un compañero excepcional por su bondad, sencillez, disponibilidad y entrega a los menesteres que hubiera que hacer, y resaltan cómo supo aceptar serenamente su enfermedad con gran espíritu de fe.