Celedonio Macías Pascual
Sacerdote (1899-1985)
Nacimiento: Argujillo (Zamora), 30 de agosto de 1899
Profesión religiosa: Sarrià, 15 de julio de 1926
Ordenación sacerdotal: Turín, 1 de julio de 1934
Defunción: Martí-Codolar, 7 de abril de 1985
Nació el 30 de agosto de 1899 en Argujillo (Zamora). Habiéndose trasladado a Madrid siendo adolescente, fue llamado al servicio militar, que hizo en Marruecos (1920-1923). Allí conoció a un salesiano que le animó a seguir a Don Bosco.
Tras medio año de experiencia en el colegio de Rocafort, pasó a El Campello (1923-1925) como hijo de María. Luego inició el noviciado en Sarrià, donde profesó el 15 de julio de 1926. Allí mismo estudió filosofía, en Mataró hizo el trienio (1927-1930) y para la teología fue enviado a Turín-La Crocetta (1930-1934), siendo ordenado sacerdote por el cardenal Fossati, el 1 de julio de 1934. Trabajó como catequista en Pamplona (1934-1935) y en Sarrià (1935-1936).
Tras vivir no leves peligros en la Guerra Civil española, logró llegar a Pamplona. Se incorporó al ejército como alférez-capellán de la Legión Cóndor en distintas campañas. En el libro Historia de la Cruzada Española (vol. VIII, fascículo 33), aparece una foto suya celebrando la misa sobre un carro de guerra. Estaba en posesión de varias condecoraciones: la Orden del Águila Alemana, Medalla de Campaña, Diploma y Distintivo con laurel, Dos Cruces Rojas y una Cruz de Guerra.
Al acabar la guerra trabajó en Alcoy (1939-1946), como prefecto y director. Siguió como director en Valencia-San Juan Bosco (1946-1952) y Alicante (1952-1955). Tras un año como encargado de las obras de la nueva fundación de Cabezo de Torres, trabajó dos años en Horta como prefecto. De 1958 a 1967 fue ecónomo inspectorial, época en que se fundaron las casas de Sentmenat y Andorra. Siguió después en Sarrià (1967-1985) y murió de un tumor cerebral en Martí-Codolar, el 7 de abril de 1985, a los 85 años de edad.
Fue un salesiano lleno de ilusión por su misión. Destacó por el amor a su vocación, a María Auxiliadora, a Don Bosco y su entrega a la misión encomendada.
En quienes le conocieron quedó grabada su imagen de hombre disciplinado, exigente, trabajador y, al mismo tiempo, atento, servicial y campechano. Por eso era respetado y querido. Consiguió encontrar el equilibrio entre su carácter casi militar y un jovial sentido de la convivencia, entre la seriedad castrense y el sentido salesiano de fiesta y alegría.