Manfredini Minghelli, José María

José María Manfredini Minghelli

Sacerdote (1874-1955)

Nacimiento: Sant’Andrea Pelago-Módena (Italia), 15 de marzo de 1874
Profesión religiosa: Turín, 3 de octubre de 1891
Ordenación sacerdotal: Barcelona, 5 de marzo de 1898
Defunción: Ronda (Málaga), 15 de julio de 1955

Nació en el pueblecito modenese de Sant’Andrea Pelago (Italia) A los 8 años perdió a su padre. Con 12 años, un tío sacerdote lo inscribió como alumno interno en el Oratorio de Turín y como tal lo acogió Don Bosco en 1886. Siempre recordará emocionado este su primer encuentro con el padre. Al finalizar las humanidades pidió ser admitido en el noviciado, que comenzó en octubre de 1890 y coronó con la profesión perpetua el 3 octubre de 1891.

Cursó los estudios filosóficos en la Universidad Gregoriana doctorándose en julio de 1894 y, tras un año en Roma como maestro y asistente, es enviado por don Miguel Rua a la casa de Sant Vicenç dels Horts, abierta en diciembre de 1895 como primer noviciado y estudiantado filosófico de la España salesiana. Recibió el encargo de enseñar filosofía, mientras estudiaba teología. Ordenado sacerdote en Barcelona el 5 de marzo de 1898, continuó en Sant Vicenç, ahora de consejero escolástico. En 1900 es destinado a la casa de Utrera, donde trabajó primero como consejero escolástico y desde 1905 como director.

Nombrado en junio de 1909 inspector de la tarraconense, al día siguiente de la toma de posesión le sorprendió la semana trágica de Barcelona. Muerto don Rua el 6 de abril de 1910, en el verano de ese año tomó parte en el Capítulo General que eligió a don Pablo Albera y confió a don Manfredini la inspectoría céltica, sin dejar la tarraconense. En esta hizo proseguir las obras del Tibidabo, interrumpidas hacía tiempo, y consiguió que en junio de 1911, con la asistencia del rector mayor don Albera, acompañado de don Pedro Ricaldone, fuera inaugurada solemnemente la cripta del Templo Nacional Expiatorio.

En 1915 cesa como inspector y marcha a Madrid para dirigir durante seis años la casa de la Ronda de Atocha. Adquirido un amplio terreno, en mayo de 1917 se ponía la primera piedra de las futuras escuelas profesionales, con la asistencia de SS. MM. el rey Alfonso XIII y la reina Eugenia Victoria, el nuncio, el obispo de Madrid-Alcalá y el embajador de Italia. A lo largo de esos años se inaugurarán los talleres de tipografía, sastrería, zapatería y carpintería. A este período de actividad incansable siguió un trabajo más escondido, pero no menos fecundo, durante el sexenio 1921-1926, como director de El Campello, aspirantado y único estudiantado teológico de España. En el verano de 1926, es nombrado inspector de la bética, cargo que cubrió hasta agosto de 1931.

En 1940 es nombrado para un sexenio, ecónomo y secretario de la inspectoría bética. En la casa inspectorial desarrolló las actividades de confesor de las FMA y de las numerosas ramas de la Familia Salesiana, profesor de Pedagogía Catequética en el seminario metropolitano. Por ello el cardenal Segura le dio el encargo de recorrer la archidiócesis hispalense, preparando la VII Asamblea Catequística Diocesana, a celebrar del 1 al 5 de noviembre 1941. En 1946, la casa de Utrera lo acogía una vez más, ahora como confesor y profesor de Religión de los cursos superiores. Aceptó el delicado cargo de director-encargado de la incipiente fundación de Granada, surgida entre dificultades de todo género. Todo lo superó con su fe y confianza en la Providencia.

En enero de 1953 es trasladado ya enfermo del estómago, como confesor, al Hogar de San Fernando de Sevilla. En 1954 tuvo la alegría de participar en la canonización de santo Domingo Savio y visitar Valdocco. A su regreso, es destinado como confesor al estudiantado filosófico de Utrera.

En abril de 1955, al diagnosticársele pocos meses de vida, es trasladado a la residencia universitaria de Sevilla, donde estaría bien atendido. A finales de junio marcha a la Casa Don Bosco de Ronda, lugar en el que falleció el 15 de julio, a los 81 años de edad.

Don Renato Ziggiotti, rector mayor de los salesianos, escribía al conocer la noticia de su fallecimiento: «Con él desaparece una figura característica de salesiano ferviente y ejemplar, fidelísimo a las recias tradiciones, hasta parecer a veces intransigente cuando temía cuartearse nuestro espíritu por parte de algún hermano».