Miró García, Javier

Javier Miró García

Sacerdote (1920-2002)

Nacimiento: Alcoy, 2 de enero de 1920
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 9 de septiembre de 1943
Ordenación sacerdotal: Barcelona, 29 de junio de 1950
Defunción: Asunción (Paraguay), 24 de septiembre de 2002

Nació el 2 de enero de 1920 en Alcoy (Alicante). Estudió las primeras letras en el desaparecido colegio de los maristas, y bachillerato en el instituto. Pero le gustaba mucho el oratorio festivo y cómo los salesianos jugaban con los muchachos.

En 1940, haciendo la mili en Zaragoza, conoció a don Miguel Riera, que estaba intentando fundar allí una nueva presencia salesiana, y se ofreció a ayudarle en los ratos libres a animar el oratorio festivo. Cuando acabó el servicio militar, inició el noviciado en Sant Vicenç dels Horts (1942-1943), culminándolo con la profesión religiosa el 9 de septiembre de 1943.

Hizo los estudios de filosofía en El Campello (1943-1945), mientras realizaba el tirocinio práctico dando clase a los aspirantes. Después estudió teología en Carabanchel Alto (1946-1950), y se ordenó sacerdote en Barcelona, el 29 de junio de 1950.

Trabajó en Valencia-San Juan Bosco (1950-1952), como consejero escolástico; en Pamplona (1952-1953), como catequista; en Valencia-San Antonio (1953-1954), como consejero; en Alicante (1954-1955), como consejero escolástico; y en Horta (1955-1956), como prefecto.

Luego marchó a Paraguay (1956-1969), pero hubo de volver a España por cuestiones de salud; entonces trabajó en El Campello (1970-1975), como prefecto, y La Almunia (1975-1976), como director de la residencia universitaria. Después de cuatro años en Paraguay, estuvo un año en Villena (1982-1983), hasta que definitivamente marchó a Paraguay (1983-2002). Murió en Asunción el 24 de septiembre de 2002, a los 82 años de edad.

Fue un salesiano noble y de gran corazón que entregó su vida en favor de los más necesitados, especialmente en tierras del Chaco paraguayo.

Durante sus últimos días, postrado en el lecho del dolor, deseaba descansar definitivamente en manos de Dios, ese Dios que había conducido su vida por los caminos del amor. Todos los salesianos lo recuerdan como un hombre bueno y sencillo, un hombre de Dios.