Nuño Campos, Jaime

Jaime Nuño Campos

Coadjutor (1876-1929)

Nacimiento: Barcelona, 18 de febrero de 1876
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 23 de agosto de 1897
Defunción: Sarrià, 11 de agosto de 1929

Nació el 18 de febrero de 1876, en Barcelona; entró como alumno interno en las escuelas profesionales de Sarrià. Sus padres, al enterarse de que quería ser salesiano, lo sacaron del colegio; pero fue inútil, porque la llama vocacional siguió ardiendo en su corazón. Así que volvió, logró hacer el noviciado en Sant Vicenç dels Horts y profesar como coadjutor (votos perpetuos), el 23 de agosto de 1897.

Trabajó en Sarrià (1902-1908), en Valencia (1908-1911) y de nuevo en Sarrià (1912-1929), donde murió el 11 de agosto de 1929, a los 53 años.

El señor Nuño fue el gran maestro de aquella famosa banda de las escuelas profesionales salesianas de Sarrià que él dirigió desde 1906 a 1928. Daba conciertos y acompañaba procesiones por toda la ciudad y provincia.

La banda constituía una de las grandes alegrías y desahogos de las escuelas, haciendo que los muchachos se olvidaran de la vida dura del internado. Como recompensa a su arte y trabajo, el señor Nuño y sus músicos se ganaban constantemente muchos aplausos, elogios y parabienes, como en la famosa actuación en el palacio real de Pedralbes ante el rey Alfonso XIII.

Los músicos estaban acostumbrados a llenar los teatros y locales en grandes recepciones de obispos, superiores mayores y autoridades; y, por supuesto, en las fiestas colegiales. Y el señor Nuño sonreía satisfecho, bajo su bigote y su calva incipiente, mientras marcaba el ritmo con su batuta.

Realmente fue un hombre que siempre marcaba ritmos de alegría, contento por el aprecio de sus superiores, de sus compañeros y alumnos. Había hecho del colegio de Sarrià su casa y de la Congregación, su familia. Su jornada se desenvolvía normalmente actuando en el taller, en el canto, en la banda, en el teatro y en el patio; y se ganaba a los alumnos con su carácter alegre y jovial.

El señor Nuño estaba también encargado del personal de servicio; y por eso se le veía cada día pasar casi ciego por todo el colegio, seguido de su perro «Titus». Era una encomienda difícil; pero él lo hacía con eficacia, delicadeza y consideración.

Pero un día de 1928, un cáncer de intestino le obligó a dejar la batuta. Tuvo que recluirse más de un año en la enfermería, entre dolores acerbos que no le abandonaban ni de día ni de noche; pero él se armaba de resignación y ofrecía a Dios sus padecimientos.