Oreja Domínguez, Teófilo

Teófilo Oreja Domínguez

Sacerdote (1955-2020)

Nacimiento: Salamanca, 1 de mayo de 1955
Profesión religiosa: Astudillo, 16 de agosto de 1973
Ordenación sacerdotal: Madrid, 9 de abril de 1983
Defunción: Madrid, 11 de abril de 2020

Nació Teófilo en Salamanca, pero su origen era el levítico pueblo de Macotera (Salamanca) uno de los pueblos que más vocaciones y religiosas ha dado en toda España. Las raíces profundas de la espiritualidad de san Vicente de Paul han arraigado en dicho pueblo gracias a la presencia de la Hijas de la Caridad. En ese espíritu de servicio al pobre y al necesitado se formó Teófilo, que, sin embargo, dirigió sus pasos hacia el espíritu de Don Bosco, tan cercano al de san Vicente, aunque más orientado hacia la juventud. Sus padres fueron Colombiano Oreja y Agustina Domínguez. Piadosos y buenos cristianos.

Teófilo hizo su noviciado en el seminario de Astudillo (Palencia), que anteriormente había sido seminario de misiones salesianas. Allí profesó el 16 de agosto de 1973. Los estudios de filosofía los realizó parte en Guadalajara, parte en Medina del Campo (Valladolid). El tirocinio práctico lo hizo en la casa de Puertollano (Ciudad Real). Los estudios de teología los comenzó en Salamanca, donde fue ordenado de la orden del lectorado. Al pasar el teologado a las dependencias del colegio de Atocha, Teófilo cursó los tres años que le faltaban en Madrid, donde fue ordenado sacerdote el 9 de abril de 1983. Ese mismo año consiguió el título de Bachillerato en Teología, por ser el teologado de Madrid filial de la Universidad Pontificia Salesiana de Roma. Más tarde conseguiría la Licenciatura en Pedagogía y Sociología en Madrid.

El ministerio sacerdotal lo ejerció en muy pocos colegios salesianos: Colegía de María Auxiliadora de Salamanca (1983-1991); Madrid Atocha (1991-1994); Madrid-Domingo Savio (1994-2000), donde ocupó el cargo de vicario de la casa; y finalmente de nuevo en Madrid-Atocha (2000-2016), primero cono consejero y después como jefe de estudios.

En 2016 fue destinado a la casa de la Pagoda, con la encomienda de cursar un Master en Educación con el fin de que se pusiera al día en su especialidad de Pedagogía-Sociología en vista a la creación de un futuro equipo inspectorial formado por diversos especialistas. El primer año simultaneó los estudios con las clases de religión de la ESO en un colegio de Escolapias, cercano a su comunidad, como un favor que le pidieron a última hora. Justo al acabar el Master le sobrevino una rara y desconocida enfermedad pulmonar que lo llevó al borde de la muerte y lo tuvo internado en el hospital, en un estado de inconsciencia, durante muchos meses. Poco a poco se fue recuperando y logró recuperarse casi del todo, cuando llegó la pandemia del coronavirus. Afectado por los síntomas acudió al médico de cabecera que lo mandó a urgencias, donde detectaron una neumonía y la posibilidad de contagio del COVID 19. En los días que estuvo en el hospital su estado estuvo estable, dentro de la gravedad, hasta la cuarta semana que su situación se volvió irreversible, motivado por las lesiones en los pulmones que ya tenía. Antes de sedarlo los médicos permitieron que dos hermanos pudieran despedirse de él. En diálogo con el director, le pidió que le diera la bendición de María Auxiliadora, fue su último deseo. Sus palabras al despedirse fueron: “Estamos en las manos de Dios”.

Pocas horas después fallecía. Tenía 64.

Teófilo era una persona buena, culta (tenía verdadera pasión por la lectura), muy tratable y muy capaz, aunque en los últimos años de su estancia en Atocha se le vio un tanto extraño, alejado, frio y poco participativo, tal vez ese fue el motivo que aconsejó a los superiores el cambio de casa y efectivamente en la Pagoda se encontró algo mejor, mientras estuvo sano y después de la enfermedad, más abierto y comunicativo con todos. Nadie ni nada hacía predecir su triste desenlace.

Se fue al cielo cuando todavía se esperaba mucho de él. Murió en el momento de la Vigilia pascual. La memoria de la resurrección de Jesús coincidió para él con la realidad de su propia resurrección.