Peris Muñoz, Filiberto

Filiberto Peris Muñoz

Sacerdote (1902-1983)

Nacimiento: Bonrepós (Valencia), 22 de agosto de 1902
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 25 de julio de 1920
Ordenación sacerdotal: Montserrat (Barcelona), 3 de septiembre de 1933
Defunción: Cuenca, 7 de noviembre de 1983

Nació el 22 de agosto de 1902 en Bonrepós (Valencia), en el seno de una familia numerosa formada por Ramón y María Rosa y cinco hijos varones, una familia profundamente cristiana y muy salesiana, que entregó tres de sus hijos y un sobrino a la Congregación.

Siendo alumno del colegio salesiano de la calle Sagunto de Valencia, marchó como aspirante a El Campello y después a Carabanchel Alto para el noviciado, donde profesó el 25 de julio de 1920.

Tras los estudios de filosofía en Carabanchel Alto, realizó el trienio práctico en Mataró y Alicante. Comenzó teología en El Campello, que debió interrumpir para cumplir con el trabajo sustitutorio del servicio militar en Argentina (San Nicolás de los Arroyos), etapa que siempre recordará con gran afecto. A su regreso, fue ordenado sacerdote en Montserrat el 3 de septiembre de 1933.

Durante la Guerra Civil española, tras tener que salir de la casa de Rocafort, se acogió a la hospitalidad de la familia del salesiano don Esteban Fonfría en Barcelona; decidió después marchar a su pueblo de Bonrepós, donde estuvo con los suyos, que previamente habían acogido al salesiano coadjutor don Martín Goicoechea. Por fin pudo cruzar la frontera por Gerona y pasar destinado a la casa de Azkoitia (Guipúzcoa).

Desempeñó los cargos de jefe de estudios y disciplina, encargado de pastoral, administrador y confesor, en Rocafort-Barcelona, Azkoitia, El Campello, Gerona, Huesca, Barcelona-Sarrià, Zaragoza, Cabezo de Torres y finalmente en Cuenca.

Don Filiberto destacaba por su precisión y tenacidad en hacer bien las cosas, y por su saber estar con simpatía entre los alumnos, a quienes sabía entretener e inculcar la disciplina y el amor al trabajo. Su corazón salesiano vibraba por el amor a María Auxiliadora y a todo lo salesiano. La devoción a la Virgen era una constante en los consejos que repartía en el confesionario y en las numerosas homilías, que nos dejó íntegramente redactadas.

Su amor a lo salesiano lo manifestaba en el afán que ponía en que no se perdieran las esencias del espíritu de Don Bosco que tradicionalmente convierte a nuestras casas en lugares de encuentro y alegría, como es, por ejemplo, la atención a los huéspedes y forasteros, el mantenimiento de las instalaciones, las bandas de tambores y trompetas o la ilusión con que cada año por Navidad se ocupaba durante días en la realización del famoso belén, con el que disfrutaba como un niño seleccionando piedras, musgo, figuras, así como coordinando artilugios de agua, luz y movimiento.

Le sorprendió la muerte, a los 81 años, en el nuevo colegio de Cuenca, el día 7 de noviembre de 1983. Su hermano Vicente, desde Ecuador, comentó al enterarse de su muerte: «¡Vaya! Se nos ha ido Fili. Ya tenemos otro intercesor. Hemos de llevar adelante su antorcha…».

Su cuerpo fue depositado en el cementerio de la ciudad de Cuenca.