Juan Piles Navarro
Sacerdote (1901-1989)
Nacimiento: Valencia, 27 de noviembre de 1901
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 25 de julio de 1922
Ordenación sacerdotal: Tibidabo, 21 de julio de 1931
Defunción: Martí-Codolar, 9 de abril de 1989
Nació en Valencia el 27 de noviembre de 1901, de familia muy cristiana, a la sombra del monasterio de la Zaidía, cuyas monjas tuvieron mucha relación con la familia y de las que Juan recibió abundante orientación espiritual.
Fue alumno del colegio de la calle Sagunto, donde destacó por su buen temperamento, tranquilo y pacífico. En 1917 marchó como aspirante a El Campello, pasó después al noviciado de Carabanchel Alto, donde hizo su primera profesión el 25 de julio de 1922. En Sarrià cursó los dos años de filosofía y marchó después a Argentina (san Carlos, Bernal, Córdoba, de 1924 a 1927) en sustitución del servicio militar. El Campello (1927-1931) lo acogió de nuevo para sus estudios de teología, hasta el día en que la casa fue quemada.
En el Tibidabo se preparó para la ordenación sacerdotal, que recibió de manos del mártir doctor Irurita, el 21 de julio de 1931, junto con don Tomás Baraut, don Juan Sastre y don Ricardo Nácher.
Mataró y Sant Vicenç lo tuvieron de personal hasta el año 1936. Durante la Guerra Civil pasó por la cárcel de San Elías y finalmente pudo refugiarse en la zona de Olot (Gerona).
Reorganizada la inspectoría, pasó por las casas de Valencia, Horta, San Vicenç, Cieza (incaricato desde Villena), Huesca, Alicante, Zaragoza, Gerona, Sabadell, Barcelona-Meridiana y Horta. Sus tareas fueron las de catequista y, sobre todo, de administrador.
Horta fue para él la etapa final. Once años serenos dedicados al ministerio de la confesión y trabajos de servicio a la comunidad. Los últimos años los pasó en Martí-Codolar, donde falleció el 9 de abril de 1989, a los 87 años.
Don Juan fue una persona pulcra y ordenada, hombre realista y de buen humor, que sabía ver el lado bueno de las cosas y de las personas, fiel administrador que supo salir adelante en las múltiples situaciones difíciles que tuvo que afrontar en sus largos y complicados años de administrador.
Fue un religioso de conciencia delicada, cordial y atento en las relaciones sociales, preocupado por agradar siempre y no ofender nunca. Tenía un sumo respeto y devoción filial a los superiores: contra ellos, la Iglesia o el papa no toleraba críticas. Y desde niño fue persona de mucha oración; siempre era puntual en las prácticas de piedad y se le veía desgranando el rosario, ya anciano, por el pórtico de Horta.
Hijo de su tiempo, su observancia le hacía algo rigorista en rúbricas o el rezo del breviario. En su etapa de Martí-Codolar supo sufrir los achaques de la vejez; agradecía cualquier atención, preguntaba por todos y le gustaba repartir caramelos a las personas que iban a visitarlo.