Querol Huguet, Antonio

Antonio Querol Huguet

Sacerdote (1879-1969)

Nacimiento: Salo (Barcelona), 12 de enero de 1879
Profesión religiosa: Sarrià, 4 de abril de 1903
Ordenación sacerdotal: Gerona, 24 de septiembre de 1910
Defunción: Barcelona, 28 de marzo de 1969

Nació en Salo (Barcelona) el 12 de enero de 1879. Cursó los estudios de humanidades y filosofía en el seminario de Solsona (Lérida) e ingresó en nuestro colegio de Sarrià, con sus 21 años, en 1990. Hizo el noviciado en Sant Vicenç dels Horts y la profesión religiosa en Sarrià, el 4 de abril de 1903. Recibió la ordenación sacerdotal en Gerona el 24 de septiembre de 1910.

Excepto unos pocos cursos pasados en San Benito de Salamanca, Orense y Sarrià, vivió todos sus años de sacerdote en el colegio salesiano de Barcelona-Rocafort, donde falleció el 28 de marzo de 1969, a los 90 años, dejando tras de sí el ejemplo de una vida intachable, ajustada perfectamente al patrón de los grandes salesianos de primera hora.

Era don Antonio menguado de estatura y cano de pelo, desde casi su juventud. Tenía un geniecillo gruñón que desenvainaba oportunamente y sonreía en cambio las más de las veces con una inteligencia pícara. Puede decirse que rindió por más talentos de los que el Señor le había dado, pues nada brillante había en su persona, pero sin embargo fue dejando el recuerdo de un salesiano eficaz en muchos aspectos y de una fidelidad, de un celo y de una virtud poco comunes. Era confesor de varias comunidades, de piedad sencilla, humilde y constante.

De una pobreza y austeridad extremas, afinaba tanto que hasta del último céntimo recogido por él de los cooperadores y amigos daba cuenta al superior. Alguien le había hecho de la «Orden del mendrugo», porque aprovechaba personalmente en la mesa no pocos de los que encontraba en el patio.

Obediente «a la antigua», era proverbial su «lo que diga el señor director», y con sacrificio, si era el caso. Salesiano de corazón oratoriano, el patio era su todo y donde se hacía niño entre los niños, a los que entretenía con juegos, competiciones, paseos y excursiones.

«Era don Antonio uno de esos hombres siempre igual a sí mismo: de camino recto hacia Dios con la alegría en el corazón y el sacrificio en la vida… En la comunidad, era el polarizador del buen humor. Cuando su parecer era contrario al modo de pensar de alguno, se contentaba con sonreír, cambiar de conversación y seguir adelante con la ejemplaridad de su vida siempre en unión con Dios y en actividad incansable entre los hombres… Supo hacerse niño con los niños, sencillo, servicial y afable…

Apóstol del oratorio festivo, ejercía entre los muchachos indeleble influencia con su perenne alegría y su piedad sencilla y atrayente… Aquellos niños, hechos ya unos hombrones, volvían con frecuencia e ilusión al colegio para ver a don Antonio, recordar aquellos tiempos felices, y no pocas veces para confesarse con él» (Don Tomás Baraut).

Uno de ellos, en el momento de la sepultura, se acercó a un salesiano y le preguntó: «Este padre ¿es don Antonio Querol? Yo era un niño del oratorio de Rocafort». Era el sepulturero, lo recordaba con gran emoción, y fue quien selló la lápida de su nicho.