Ríos Fabregat, Recaredo de los

Recaredo de los Ríos Fabregat

Sacerdote (1893-1936)

Nacimiento: Bétera (Valencia), 11 de enero de 1893
Profesión religiosa: Sarrià, 18 de marzo de 1909
Ordenación sacerdotal: El Campello, 29 de junio de 1917
Defunción: Valencia, 9 de diciembre de 1936
Beatificación: Roma, por el papa Juan Pablo II, el 11 de marzo de 2001

Nació en Bétera (Valencia) el 11 de enero de 1893. Hacia 1899, la familia se estableció en la ciudad de Valencia, cerca del colegio salesiano. Recaredo y sus hermanos serán los primeros mediopensionistas de dicho centro.

Recaredo sobresalió enseguida por su piedad, mansedumbre y amor al estudio. Después del aspirantado hecho en Sarrià, entró en el noviciado y profesó el 18 de marzo de 1909. Terminado el trienio práctico en la misma casa de Sarrià, estudió teología y fue ordenado sacerdote en El Campello el 29 de junio de 1917.

Ya sacerdote, fue nombrado jefe de estudios de El Campello. Después fue destinado como director, primero a Villena y después a Alicante.

En 1931, en la «quema de conventos» ocurrida al comienzo de la república, el colegio de Alicante fue incendiado y los salesianos maltratados y expulsados. Durante aquellos días del asalto y de la quema del colegio (12 de mayo de 1931), su director demostró tener talla de mártir.

En julio de 1936 residía en el colegio salesiano de Valencia-San Antonio, en el que desempeñaba el cargo de catequista de los alumnos internos. El día 16 había comenzado los ejercicios espirituales. Con la persecución que se inició a continuación se revelaron sus más admirables cualidades: la bondad unida a una viva caridad, el espíritu de piedad y de mortificación. Fue arrestado con el padre inspector, don José de Calasanz. Mientras eran llevados a la cárcel de Mislata, don Recaredo fue testigo cualificado del asesinato del padre Calasanz, quien, bañado en sangre, se desplomó sobre sus rodillas.

Él fue fusilado, junto a su director, don Antonio Martín, el 9 de diciembre de 1936.

Humilde, sencillo, optimista, abnegado, amable y piadoso, todos decían de él que era un santo. «Un gran santo de una santidad genuina —lo calificaba monseñor Olaechea—; estoy seguro de que, aun sin ser mártir, hubiera sido canonizado».