Rojo Olea, Luis

Luis Rojo Olea

Sacerdote (1938-2000)

Nacimiento: Madrid, 23 de diciembre de 1938
Profesión religiosa: Mohernando, 16 de agosto de 1955
Ordenación sacerdotal: Salamanca, 28 de febrero de 1965
Defunción: Barakaldo, 23 de enero de 2000

Luis ingresó en el colegio salesiano del Paseo de Extremadura-Madrid en el año1947.Allí vivió de niño la experiencia educativa de la santidad salesiana. De allí fue directamente al noviciado de Mohernando, donde hizo su profesión religiosa el 16 de agosto de 1955. Al finalizar los estudios filosóficos en Guadalajara, hizo el trienio en El Royo (Soria) y a continuación, en Salamanca, los estudios de teología, al término de los cuales recibió la ordenación sacerdotal el día 28 de febrero de 1965.

Ya sacerdote, fue enviado al colegio de Urnieta (Guipúzcoa) como consejero. Durante dos años (1966-1968) desempeñó el cargo de catequista en la Ciudad Laboral Don Bosco de Errenteria (Guipúzcoa). De aquí pasó a Cruces-Barakaldo como ecónomo, a Barakaldo como vicario y a Bilbao-Deusto como director. Volvió de nuevo a Barakaldo y posteriormente a Logroño-Domingo Savio, como director. Después de tres años en Logroño, regresó como catequista y después como director a Barakaldo.

Además de la vocación salesiana, don Luis venía madurando la vocación misionera. Al morir su madre, pidió ir a las misiones y fue destinado a la Amazonía brasileña. Se preparó con ilusión para poder hallarse en Brasil en febrero de 1996, al comienzo del curso escolar. Pero los planes de Dios eran otros. Al escuchar del médico que le atendía que su misión en esos momentos no estaba en la Amazonía, sino en cuidarse y curarse, la exclamación de Luis fue esta: «María Auxiliadora sabrá muy bien lo que me pide. No será nada malo».

Encajar este nuevo plan de Dios le costó tiempo y esfuerzo. Aceptó la nueva cruz con capacidad de sufrimiento y paciencia, y sin perder nunca las formas. Su lugar de misión fue Barakaldo. Y la acción pastoral la realizó desde la enfermedad, larga y vivida en la aceptación y en el ofrecimiento. Su sentido misionero lo ejercitó desde la disponibilidad, realizando todo tipo de favores, aun con sacrificio. Se hizo el recadero de la comunidad para cualquier cosa que se le pidiera: hacer compras, ir a las delegaciones, llevar a los hermanos al hospital. Siempre al servicio de los demás, con total generosidad.

La ilusión y fuerza que ponía en su actividad y en su enfermedad las robustecía en la oración personal y comunitaria, así como en la celebración de la eucaristía. Muy mal tenía que estar para no celebrarla. Muy sensible a la vida de comunidad, valoraba al máximo esos momentos litúrgicos y comunitarios y seguía con interés las actuaciones y los problemas de los salesianos, la vida del colegio.

Estando en la clínica, conocido el informe de los médicos, pidió el sacramento de la unción de los enfermos. Lo recibió en la capilla de la comunidad. Fue un acto sencillo, familiar, cargado de profundidad espiritual.

Nos dejó el 23 de enero de 2000, a los 61 años.