Saiz Aparicio, Enrique

Enrique Saiz Aparicio

Sacerdote (1889-1936)

Nacimiento: Ubierna (Burgos), 1 de diciembre de 1889
Profesión religiosa: Sarrià, 5 de septiembre de 1909
Ordenación sacerdotal: Salamanca, 28 de julio de 1918
Defunción: Madrid, 2 de octubre de 1936
Beatificación: Roma, por el papa Benedicto XVI, el 28 de octubre de 2007

Quien encabeza la lista general del grupo de 63 beatos mártires salesianos españoles de la Guerra Civil pertenecientes a las inspectorías bética y céltica, nació en el pueblo burgalés de Ubierna el 1 de diciembre de 1889. Primero estuvo como aspirante en la casa salesiana de Gerona y luego pasó a la de Sarrià para hacer el noviciado. Allí profesó como salesiano en 1909. Fue ordenado presbítero en Salamanca el 28 de julio de 1918.

Estrenó su sacerdocio en el colegio de la capital salmantina, donde fue consejero escolástico durante cuatro años y después catequista. De 1923 a 1925 estuvo destinado en Carabanchel Alto con el cargo de consejero. Los años siguientes fue director del mismo Carabanchel, de la casa inspectorial de Madrid-Atocha y, desde 1934, por segunda vez, director del estudiantado teológico de Carabanchel Alto. Aquí se encontraba cuando, tras el alzamiento militar del 18 de julio de 1936, arreció la persecución religiosa. Cuando la casa fue asaltada, se ofreció generosamente a los asaltantes diciéndoles: «Si queréis sangre aquí estoy yo, pero a los chicos no le hagáis nada malo». Los chicos fueron liberados, pero los salesianos sufrieron vejaciones y fueron hechos prisioneros, aunque después fueron puestos en libertad y se refugiaron en varias pensiones, donde algunos fueron descubiertos y asesinados. Don Enrique se refugió en la pensión «Loyola», pero un criado trató de extorsionarlo, amenazándolo con que si no le daba dinero, vendría con otro y se lo llevarían. Tuvo que cambiar de pensión y marchó a la pensión «Vascoleonesa», donde había otros salesianos y que estaba un piso más abajo de la pensión «Nofuentes», en la que también había salesianos. Don Enrique era el superior y padre de todos. Conversaba todos los días con los hermanos de ambas pensiones, los animaba e irradiaba paz y serenidad en torno a ellos. El día 1 de octubre, a media tarde, la pensión «Nofuentes» se vio sorprendida por la desagradable visita de los milicianos, que después de un registro y un minucioso interrogatorio, se llevaron a todos los huéspedes y a la dueña. En el piso inferior don Enrique observó el descenso de los detenidos y pronosticó: «Mañana vendrán por mí». Efectivamente, al día siguiente, a las nueve de la mañana, se presentaron dos jóvenes en la pensión y se lo llevaron. Lo condujeron al convento de San Plácido, de religiosas benedictinas, convertido en Ateneo Libertario. Se ignora dónde pasó don Enrique el resto del día 2 hasta por la noche, cuando tuvo lugar su martirio. Uno de sus asesinos, con aire de triunfo, relataba después cómo había sido: «Vengo de matar al director de los salesianos. Me encuentro satisfecho… He de acabar con estos canallas. Iba con nosotros en el coche como si nada le fuera a pasar. Le disparé un solo tiro para no matarle y hacerle sufrir. Entonces él exclamó: “¡Por Dios! Acabad de matarme; no me hagáis sufrir más”. Entonces le pegué otro tiro». A la mañana siguiente un antiguo alumno encontró su cadáver en la calle Méndez Álvaro.

En una visita que le hizo días antes don Alejandro Vicente le encontró muy dispuesto al martirio. Se había entregado totalmente a la voluntad de Dios. Él mismo, poco antes de morir, confió a un amigo: «¿Qué cosa hay mejor que morir por la gloria de Dios?».

Don Enrique Saiz se distinguió por su piedad, celo y entrega sacerdotal. Fue superior prudente, paterno y comprensivo, aunque exigente en el cumplimiento del deber, en que era ejemplo para los demás. Con empeño prolongado y continuo, adquirió gran afabilidad, firmeza de carácter y espíritu de mortificación.