Sala Sala, José

José Sala Sala

Coadjutor (1940-1984)

Nacimiento: Real de Montroy (Valencia), 24 de noviembre de 1940
Profesión religiosa: Godelleta, 16 de agosto de 1963
Defunción: Alicante, 24 de diciembre de 1984

Nació el 24 de noviembre de 1940 en Real de Montroy (Valencia). A los 7 años perdió a su padre y a los 8, a su madre. A los 13 años se trasladó a Paterna donde tuvo que trabajar en diversos oficios: cerámica, cerrajería, fontanería…

El párroco de Paterna y el contacto con algunos salesianos de Valencia le ayudaron a orientar su vocación. En 1961 marchó como aspirante a Godelleta, recién fundada, donde comenzó el noviciado en 1962. Escribe en su diario:

«28 de octubre de 1962. Fiesta de CRISTO REY. He pasado un día inolvidable. Los novicios hemos hecho la vestición religiosa. Yo he recibido la Medalla del coadjutor salesiano. Ha venido mi familia. Estoy contento viendo cómo poco a poco se van haciendo realidad mis ideales». Profesó el 16 de agosto de 1963.

Trabaja primero durante unos años como cocinero en La Almunia, en Ibi y en Cuenca y, finalmente, durante 14 años, de profesor en Alicante-Don Bosco (1970-1984), donde murió a los 44 años de insuficiencia renal y hepatitis, el 24 de diciembre de 1984; ocho de esos años los vivió sujeto a la máquina del riñón artificial y los últimos cinco meses ingresado en el hospital.

En 1968, estando en la casa de Cuenca, se le declaró una grave insuficiencia renal. Escribe en sus apuntes: «Cuando más feliz estaba…, llegó tu llamada y de qué manera, Señor. Caí enfermo».

Su estado de salud fue empeorando de año en año y, ya en Alicante-Don Bosco, escribe en 1976:

«La insuficiencia renal se complica y después de un montón de pruebas termino por entrar en el sistema periódico de hemodiálisis». Le tocó vivir de esa manera, entre molestias, dolores y con espíritu de fe: Como siempre, la intención era por las misiones y las vocaciones. «Que se haga tu voluntad, Señor». En 1979: «Mal sobre mal, cojo Hepatitis… Señor, sé que quieres que me purifique, que me sacrifique, para un día poderte gozar plenamente».

Cierra su diario con esta confesión: «Nací pobre, pobre he vivido. Según la promesa de Don Bosco, he tenido pan y con ello me basta, trabajo no me ha faltado y el paraíso espero tenerlo… Pido perdón a la comunidad… Quisiera que se celebrase mi muerte con la alegría más grande… por mi entrada en el gozo completo de Dios… Por tanto, alegraos conmigo. Eso sí, rezad mucho por mí… A los chicos, cuando les anunciéis mi muerte, pedidles también, si os parece bien, una oración. Me considero pecador, pero también puedo presumir de que siento que Dios y la Virgen me quieren».

Pepe amaba la vida como nadie. Sus ansias de vivir, de trabajar, de ser útil a los demás le hicieron aprovechar su cuerpo enfermo y sus energías hasta el extremo. Sus males no le impidieron atender a los chicos en las clases, en excursiones y, sobre todo, en los campamentos veraniegos, sin importarle los kilómetros que tenía que recorrer para hacerse cada dos días la hemodiálisis.

Pepe disfrutaba en su trabajo con los muchachos, le gustaba estar continuamente con ellos. Tenía un don especial para tratarlos.

Era enorme su confianza en Dios y en María Auxiliadora. Nació un 24, murió un 24 y cada 24 de mes era para él un día señalado. En sus papeles quedaron reflejadas, a veces diariamente, quejas, penas, alegrías, ilusiones…, casi todo hecho oración, una oración de confianza en Dios y en María.