Serrano Cotoré, Alberto

Alberto Serrano Cotoré

Sacerdote (1942-1998)

Nacimiento: Gallur (Zaragoza), 26 de febrero de 1942
Profesión religiosa: L’Arboç del Penedès, 16 de agosto de 1959
Ordenación sacerdotal: Martí-Codolar, 1 de marzo de 1969
Defunción: País Dogón (Malí), 17 de abril de 1998

Nació en Gallur, municipio de la provincia de Zaragoza, el 26 de febrero de 1942. A los 12 años empezó el aspirantado en Huesca y lo continuó en Gerona. Al acabar, fue admitido al noviciado que hizo en L’Arboç del Penedès, donde profesó el 16 de agosto de 1959. Cursó los estudios filosóficos en Sant Vicenç dels Horts y, al acabar, fue enviado a la casa de Valencia-San Juan Bosco para el trienio práctico. Al terminarlo, en 1965, empezó los estudios de teología en Martí-Codolar. Allí recibió la ordenación presbiteral el 1 de marzo de 1969, de manos de don Ramón Torrella, obispo auxiliar de Barcelona.

Su labor como salesiano sacerdote se desarrolló en la casa de Cabezo de Torres durante 10 años y durante dos, en la de La Almunia de Doña Godina.

El año 1981 fue decisivo en la orientación de su vida salesiana. En octubre de ese año llegó a Malí (África Occidental) adonde fue enviado dentro del Proyecto África, impulsado por el entonces rector mayor don Egidio Viganò. Fue destinado a la comunidad de Sikasso. Allí todo era novedad. Sin ninguna experiencia de misiones, tuvo que empezar, junto con sus otros dos hermanos de comunidad, a trabajar como misionero, comenzando por aprender la lengua local, el bambara, para poder entenderse con la gente. Alberto se hizo querer por su simpatía. Su labor se desenvolvió, sobre todo, con muchachos y jóvenes, con quienes trabajó muy a gusto.

Tres años después, ofrecieron a los salesianos un centro profesional en Bamako, la capital de Malí, el centro Père Michel, que llevaba ya 10 años funcionando con los «padres blancos». Alberto fue enviado allí como director. A base de tesón, después de muchos esfuerzos, logró demostrar que el sistema preventivo funcionaba también entre los jóvenes de África.

A los 10 años de dirigir la obra de Bamako fue destinado de nuevo a Sikasso, ahora como director. Allí los que le conocieron decían que se hallaba como pez en el agua.

Alberto fue un salesiano fielmente disponible a cuanto se le encomendaba. A su director de comunidad decía: «Oye, lo que sea y cuando haga falta; me dices lo que hay que hacer y allá me voy de cabeza, que no se me van a caer los anillos». Así lo dijo y, sobre todo, así lo vivió cada día.

Se preocupó de confeccionar proyectos y de buscar bienhechores para financiarlos. Algunos le llamaban el empresario. Trabajó en la formación de los jóvenes, también en el aspecto vocacional.

La muerte le sorprendió en un acto de servicio, acompañando a unas bienhechoras españolas, miembros de una ONG, al País Dogón, por un camino malo y peligroso, pero que él conocía bien. El vehículo les dejó tirados en un paraje inhóspito. Abrumado por el sofocante calor, el corazón le falló y, sin que nada se pudiera hacer, murió. Era el 17 de abril de 1998. Tenía 56 años. Su cuerpo pudo ser trasladado a Sikasso, en cuyo cementerio espera la resurrección de los muertos.