José Soler Anglada
Coadjutor (1898-1985)
Nacimiento: Sant Esteve d’en Bas (Gerona), 22 de mayo de 1898
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 22 de junio de 1918
Defunción: Barcelona, 1 de agosto de 1985
Nació el 22 de mayo de 1898 en Sant Esteve d’en Bas, hermoso pueblecito de montaña en la provincia de Gerona, y dentro de una familia numerosa y profundamente cristiana. De muchacho fue vaquero a jornal en Olot. El párroco, cooperador salesiano, encaminó sus pasos hacia la Congregación, como antes lo había hecho con los dos hermanos Badosa, el señor Juanola y el señor Pujolar.
Hizo el aspirantado en Santander, ocupado de la limpieza y de servir en el comedor. Volverá más tarde a Santander, ya salesiano, en circunstancias muy distintas, cuando en la Guerra Civil, desde el frente de la zona roja donde fue hecho prisionero y llevado a un campo de concentración de Santander.
Él, que había sufrido cautiverio en la checa de San Elías y en los calabozos de la jefatura de policía de Barcelona por ser fraile, acabó cautivo por «rojo» en Santander.
En Santander acabó su segunda guerra, la civil. Porque el señor Soler había hecho antes también de la de África, en 1921. Ya era salesiano encargado de la sacristía de Sarrià cuando hubo de incorporarse a filas y estuvo tres años en África: servía a misa y mantenía buena relación con los franciscanos.
Había hecho el noviciado en Carabanchel Alto, donde emitió su primera profesión el 22 de junio de 1918. Votos perpetuos el 19 de marzo de 1926. Desde ese año, con los paréntesis bélicos, hasta dos días antes de ser internado por su propio deseo en la residencia para enfermos de Martí-Codolar, los pasó de cocinero en el Tibidabo.
Vencido por la edad y los achaques respiratorios, entregaba su alma al Señor el día primero de agosto de 1985, a los 87 años de edad en la residencia de Martí-Codolar.
El señor Soler era hombre de amena conversación, gran trabajador y, como buen salesiano, vivía en un clima de unión con Dios. La gente decía de él que era otro san José, por su trabajo, su vivencia de Dios, su preocupación por todos. Siempre asistía a la primera misa del templo y, cuando empezó la Adoración Nocturna perpetua, él participaba cada mañana en la misa de los adoradores, a las cinco. Enamorado de la Virgen Auxiliadora, escogía las mejores flores de su jardín y cada día las colocaba ante la imagen de María Auxiliadora: «Estos es —explicaba él— como los soldados que izan la bandera al comenzar el día». Y el rosario siempre en sus manos, musitándolo en sus labios.
Fue, al mismo tiempo, un hombre lleno de humor y alegría, fruto de su vida interior: «Como hablo poco, parece que estoy triste. Pues estoy por dentro muy alegre… ¡Encantado de haber nacido!», era su comentario.
Tuvo una gran pasión por las vocaciones y las misiones, amaba todo lo salesiano, se alegraba por las vocaciones, sufría por las pérdidas y rezaba por la perseverancia de los que seguían. Tuvo la gran alegría de asistir en Roma a la beatificación de Don Bosco.