Antonio de la Torre Camacho
Coadjutor (1928-1971)
Nacimiento: Chauchina (Granada), 28 de febrero de 1928
Profesión religiosa: San José del Valle, 16 de agosto de 1947
Defunción: Sevilla, 25 de junio de 1971
Nació en el pueblo granadino de Chauchina, en el seno de una familia numerosa y profundamente cristiana, que dio al Señor tres de sus miembros: fray Juan, superior general de los ermitaños de Córdoba, sor Carmela, religiosa carmelita, y Antonio, salesiano.
Con 14 años entra en el aspirantado de coadjutores de Cádiz. De allí pasa a San José del Valle, donde hizo el noviciado, la primera profesión el 16 de agosto de 1947 y un año de perfeccionamiento. Luego afrontó la vida activa salesiana entre Cádiz y Sevilla. Aquí primero en la Trinidad y después en la universidad laboral.
Transcurre la década 1948-1959 en Cádiz, como asistente, maestro de taller y maestro de música. Con idénticos cometidos, en 1959, es trasladado a las escuelas profesionales de la Santísima Trinidad de Sevilla, hasta que en 1965 pasó a formar parte de la comunidad salesiana de la universidad laboral, donde edificó siempre en todo… por su seriedad, su espíritu de entrega y de sacrificio, y donde falleció.
En el último curso escolar (1970-1971) es nombrado director de uno de los colegios, aun siguiendo con sus ocupaciones habituales de director de rondalla, del coro universitario y encargado de la organización de los viajes, tarea nada fácil por tratarse de 1.500 alumnos internos procedentes de toda la geografía española.
Llevaba a cabo todas esas incumbencias con una eficacia tal que tanto la tuna-rondalla como el orfeón eran solicitadísimos en numerosos centros de Sevilla para eventos y festividades de toda índole. Por su mano pasaban la organización y ejecución de los grandiosos «Festivales de Mayo», diversión de los de dentro y atracción de centenares de jóvenes sevillanos.
Donde estaba, allí reinaba el orden y la eficacia. Estas, en efecto, fueron las características imperantes en el colegio que tan acertadamente dirigió con complacencia de superiores, profesores, educadores y alumnos. Todo era manifestación de lo que rebosaba por dentro: su presencia y palabra siempre fueron reflejo del evangelio de Don Bosco.
Vivió su vocación de coadjutor con agradecimiento y seriedad. Siempre supo presentarse como lo que era: hijo de Don Bosco, salesiano coadjutor.
Nunca gozó de una salud espléndida, padecía con frecuencia de dolores de cabeza y malestar de hígado, y fue precisamente una hepatitis aguda lo que lo llevó a la tumba.
Con motivo de las fiestas patronales del 1 de mayo se sintió mal, siendo internado en una clínica, donde experimentó notable mejoría, por lo que, a petición propia, volvió a su colegio, siempre atendido por una de sus hermanas. Y cuando parecía que la enfermedad hacía crisis, un coma hepático lo arrebató rápidamente de entre nosotros. Era el 25 de junio de 1971. Tenía 43 años.