Antonio Torrero Luque
Sacerdote (1888-1936)
Nacimiento: Villafranca (Córdoba), 9 de octubre de 1888
Profesión religiosa: Utrera, 8 de diciembre de 1907
Ordenación sacerdotal: Jerez de la Frontera, 20 de septiembre de 1913
Defunción: Ronda, 24 de julio de 1936
Beatificación: Roma, por el papa Benedicto XVI, el 28 de octubre de 2007
Nació el 9 de octubre de 1888 en Villafranca (Córdoba) en el seno de una humilde familia. Su padre era zapatero. Educado en la escuela nacional de su pueblo y monaguillo, sintió desde pequeño una inclinación a la vida religiosa.
Su párroco lo envió en 1902 con 13 años a la recién abierta casa de salesiana de Córdoba. Pasó después como aspirante a Sevilla. En octubre de 1904 inició en Carabanchel Alto el noviciado, que concluyó con la profesión religiosa el día de la Inmaculada de 1907 en Utrera. En el sexenio siguiente (1907-1913), simultaneó el ejercicio educativo pastoral con los estudios, coronados con la ordenación sacerdotal en Jerez de la Frontera (Cádiz) el 20 de septiembre de 1913.
Ejerció su ministerio sacerdotal, casi siempre como catequista, en las casas de Écija, Alcalá de Guadaíra, San José del Valle, Utrera y Cádiz. Fue nombrado director de Alcalá de Guadaíra (1927-1934) y del colegio «Sagrado Corazón» de Ronda (1934-1936), donde sufrirá el martirio.
Con el inicio de la Guerra Civil, también comenzaron los desórdenes en Ronda. Además de las dos comunidades de salesianos de la ciudad, compuestas de 11 y cinco religiosos salesianos, respectivamente, reforzadas ambas por dos estudiantes de teología, un grupo de 60 niños aspirantes de Montilla, con su director, don Florencio Sánchez, y tres salesianos más, habían comenzado el 13 de julio sus vacaciones en el colegio del Sagrado Corazón.
El domingo 19, dos salesianos se presentan al comité para pedir garantías en favor de la colonia escolar obrera formada por el grupo de 60 aspirantes. Extienden el salvoconducto y ponen guardias a la entrada del colegio.
El día 21, a media tarde, con la excusa de querer encontrar armas, registran el colegio, sin más consecuencias. El 23 realizan un segundo registro, esta vez muy violento, entre insultos, gritos, blasfemias, amenazas y empujones. Destrozan todos los ornamentos e imágenes de la capilla, prenden fuego a todo y obligan a izar la bandera roja.
El 24, desde las primeras horas, los milicianos rodean e invaden el colegio. A los salesianos los recluyen en la pequeña estancia del portero, mientras se dedican, de nuevo con la excusa de buscar armas, a saquear todas las instalaciones. Sobre la una del mediodía, instan a los salesianos a hacer las maletas e irse a donde crean conveniente, porque el colegio ya no les pertenece.
Antes de marcharse, don Antonio Torrero intenta hablar, pero la emoción solo le deja decir: «Bueno, adiós hijitos. Hasta el…» y se abrazan entre lágrimas. El director despide a don Florencio, director de los aspirantes, y a los tres salesianos que los acompañan a los hoteles, en donde fueron recogidos. Los demás van saliendo uno a uno del colegio. Fuera, un gentío intenta agredirlos, por lo que los llevan en un coche del comité. Cuatro milicianos condujeron a Antonio Torrero y al más anciano de los salesianos, Enrique Canut, a la cercana casa de don José Furest, cooperador salesiano y que a los pocos días también sería asesinado por «amigo de los curas». En su casa también saluda a otro gran amigo médico con un abrazo, y le dice: «Apriete fuerte, que está abrazando a un mártir».
En efecto, al atardecer de ese mismo día varios milicianos se presentaron en casa de los Furest a reclamar a los dos salesianos. Con palabras tranquilizadoras los conducen al campo. Antonio Torrero no puede andar más aprisa, estaba hemipléjico y se cansaba y el otro salesiano, ya mayor, apenas podía ver. Caen varias veces y a trompicones logran llegar al Huerto del Gómez. Allí los milicianos discuten, los atan con alambre y uno tras otro son asesinados entre peñascos en el sitio llamado Corral de los Potros. Era el 24 de julio de 1936.
Sus cuerpos quedaron allí durante cerca de 24 horas, expuestos a los insultos, blasfemias y burlas de la gente. Al día siguiente, colocados sobre una camilla, se los llevaron al Campillo y, en camión, a una fosa común a la entrada del cementerio. Al analizar sus cuerpos se pudo deducir que los habían arrastrado antes de expirar.
Su padre, al que Antonio quiso ahorrar el sufrimiento de saber la muerte de su hijo, fue también asesinado en su pueblo de Villafranca pocos días después por el solo motivo de tener un hijo sacerdote.
Don Antonio tenía un carácter sencillo y afable. Era optimista hasta el extremo, de gran corazón y de extraordinaria fortaleza en su fe. Obsesionado por atender las necesidades de los niños pobres, acudía constantemente a la caridad de los bienhechores. Fue apóstol incansable de María Auxiliadora.
Era licenciado en filosofía y letras por la Universidad de Granada y fue profesor competente en la enseñanza de esas materias.