Alejandro Vicente Garrote
Sacerdote (1904-1988)
Nacimiento: Cubo del Vino (Zamora), 3 de agosto de 1904
Profesión religiosa: Carabanchel Alto, 25 de julio de 1922
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 8 de diciembre de 1931
Defunción: Martí-Codolar, 17 de julio de 1988
Nació en Carrales del Vino (Zamora) pero se crió y naturalizó en Salamanca. Sus padres se establecieron y montaron una tienda cerca de la calle de La Compañía, que es una de las rúas más monumentales de Salamanca y donde estaba situado el colegio salesiano de San Benito, en el que ingresó en tiempos del padre Tagliabúe y de don Maggiorino Olivazzo. Allí descubrió su vocación y en 1917 marchó a Carabanchel Alto, como aspirante. Al año siguiente fue a El Campello, para volver de nuevo a Carabanchel a hacer el noviciado. Profesó el 25 de julio de 1922. El trienio lo hizo entre Carabanchel y Atocha. Estudió teología en Carabanchel, mientras ejercía de asistente y profesor en el colegio de Madrid-Paseo de Extremadura. Fue ordenado el día de la Inmaculada de 1931. Pasó tres años en Madrid-Atocha como catequista y fue nombrado director del colegio de Madrid-Estrecho. Allí le sorprendió la Guerra Civil. El colegio fue asaltado y los salesianos llevados a la Dirección General de Seguridad, donde después de interrogarlos fueron puestos en libertad. Se refugiaron en domicilios particulares señalados de antemano. Algunos fueron más tarde descubiertos y asesinados. Tras la marcha al extranjero del inspector don Felipe Alcántara, don Alejandro asumió las veces de inspector suplente, teniendo a su cargo a todo el personal disperso en Madrid y sus aledaños. Proveía de alojamiento a los que iban saliendo de la cárcel, hacía llegar socorros a los que estaban escondidos, se cuidaba de los enfermos, se ponía en contacto con los que regresaban del frente con permiso, asistía espiritualmente a los salesianos jóvenes. No tenía paradero fijo ni se sabía dónde localizarle. Gracias a tan minuciosas precauciones, sorteó la situación y pudo desempeñar bien su encomienda.
Terminada la guerra, volvió al colegio de Estrecho, que había quedado medio destruido. En septiembre de 1939 fue destinado a Madrid-Atocha como director. Dio a la casa un impulso definitivo. De las humildes escuelas salió un gigantesco complejo de escuelas, talleres, oratorio y parroquia. Para lograr ese resultado, se necesitaron nueve años y se contó con la ayuda generosa, providencial, de don Luis Ibáñez, don Fernando Bauer, los Ministerios de Gobernación y Trabajo y muchas aportaciones minúsculas, anónimas. Decisivas fueron también las oraciones de los «niños», como los llamaba don Alejandro, la estrategia de las medallas esparcidas y el tesón de aquel hombre de pocas palabras, pasos aplomados y hechos eficaces.
En 1948 dirigió con éxito la casa recién asumida del colegio de San Fernando. Al dividirse en 1954 en dos la inspectoría céltica: Madrid y Zamora-León, don Alejandro fue nombrado inspector de la de Madrid. Inmediatamente comenzó a trabajar. Eran muchos proyectos los que había que realizar: las casas de formación, la iglesia de María Auxiliadora de Atocha, la exhumación y el traslado a Carabanchel de los salesianos sacrificados en la guerra, el proceso de beatificación y canonización de 42 de ellos, la casa de Salamanca-Pizarrales, el aspirantado de Zuazo de Cuartango (Álava), la escuela agrícola de Saldañuela (Burgos), la escuela profesional de Barakaldo, la finca de El Bonal (Ciudad Real), el nuevo teologado de Salamanca… Algunas de estas obras eran simples esbozos, pero que él pronto convirtió en realidad.
Terminado su mandato inspectorial, fue todavía director del colegio de Huérfanos de Ferroviarios y nuevamente de Estrecho. Con sus facultades mermadas cumplió en estas dos últimas etapas de su actuación y pasó, ya casi ciego, al reducto del confesionario. Rezaba rosario tras rosario, porque ni siquiera podía recitar el breviario, repartía absoluciones y devanaba sus memorias. Don Alejando fue un hombre modesto y discreto, muy realista y con un gran sentido práctico. Tenía mala vista, pero una visión larga y certera.
Nunca había sido partidario de hacer casas para salesianos ancianos o enfermos. Por eso le costó resignarse a ser instalado en una casa de salud, salesiana y, además, distante de Madrid, Martí-Codolar, donde pasó sus tres últimos años, dando ejemplo de virtud, de prudencia y de pacífica convivencia. Allí murió el 17 de julio de 1988. Tenía 83 años.
Sus restos mortales fueron trasladados a Madrid, donde se le dedicó un grandioso funeral. Fue enterrado en el panteón salesiano de Carabanchel Alto.