Vives Troncho, Jaime

Jaime Vives Troncho

Sacerdote (1926-1985)

Nacimiento: Villafranca del Cid (Castellón), 19 de noviembre de 1926
Profesión religiosa: Sant Vicenç dels Horts, 16 de agosto de 1944
Ordenación sacerdotal: Tirupattur (India), 1 de agosto de 1953
Defunción: Martí-Codolar, 8 de junio de 1985

Nació el 19 de noviembre de 1926 en Villafranca del Cid (Castellón). Al acabar la Guerra Civil española, fue alumno del colegio de Valencia-San Antonio (1940-1943), en donde germinó su vocación. Luego inició el noviciado en Sant Vicenç dels Horts (1943-1944), culminándolo con la profesión religiosa el 16 de agosto de 1944.

Estudió filosofía en Gerona (1944-1946) y realizó el tirocinio práctico con los aspirantes de Sant Vicenç dels Horts (1946-1949). Inició después los estudios de teología en Martí-Codolar (1949-1950), pero marchó como misionero a la India, donde continuó los estudios teológicos en Shillong (1950-1953), con otros salesianos españoles misioneros (José María Dieste, José Armiñana, José María Zubizarreta, Manuel Albizuri). El 1 de agosto de 1953 fue ordenado sacerdote en Tirupattur por monseñor Mariaselvam.

Trabajó en Madrás, Shillong, en la misión de Yowai con los kasis, y en Bombay; pero su salud se resintió gravemente y tuvo que volver a España en 1958. Tras estar en varias casas de la inspectoría de Barcelona, fue enviado como bibliotecario a Martí-Codolar (1969-1985), donde murió de paro cardíaco, el 8 de junio de 1985, a los 58 años de edad.

Era un hombre bueno, vitalista, entusiasta, muy comunicativo y amable, un salesiano que se hacía querer. Poseía una gran sensibilidad, que le acercaba a los necesitados y le ganaba sus corazones. Esta sensibilidad la expresaba a veces con la poesía, espejo de su alma.

Consciente de su impetuosidad, se esforzaba por controlarla y ponerla al servicio de los demás. Tenía una gran fe en Dios, manifestada en sus escritos y en las breves conversaciones con sus amigos. Se agarraba a Dios, a pesar de no entender demasiado sus caminos.

Aunque la enfermedad le fue encerrando en su mundo, nunca le abandonó su inquietud intelectual; no dejaba de leer y profundizar en sus temas preferidos: bíblicos, salesianos, literarios o de astronomía. Escribía también en valenciano, recordando costumbres, personas y lugares de su tierra, y explayando sus sentimientos e ideas.

Fue un salesiano con alma misionera; en sus últimos años aceptó la voluntad de Dios de no poder volver a la India; fue su cruz y su mayor contribución a la salvación de sus queridos kasis.