Emilio García Cantos
Sacerdote (1926-1993)
Nacimiento: Écija (Sevilla), 17 de julio de 1926
Profesión religiosa: San José del Valle, 9 de diciembre de 1946
Ordenación sacerdotal: Carabanchel Alto, 26 de junio de 1955
Defunción: Rota (Cádiz), 6 de enero de 1993
Emilio nace en Écija, en el seno de una familia numerosa, él era el mayor de 13 hermanos, y muy cristiana. Entra en la casa salesiana de la localidad, en la que recibe al mismo tiempo de la enseñanza primaria la llamada vocacional. Marcha a los aspirantados de Antequera y de Montilla, prosigue su formación en San José del Valle con el año de noviciado, que culmina con la profesión religiosa el 9 de diciembre de 1946, y los dos de estudios filosóficos. El trienio de prácticas pedagógicas lo comparte entre Las Palmas de Gran Canaria y Sevilla-Santísima Trinidad. Los estudios teológicos los realiza en Carabanchel Alto, al fin de los cuales recibe la ordenación sacerdotal el 26 de junio de 1955.
Sus servicios en la misión salesiana se concentran en consejero y vicario-administrador: durante 15 años (1955-1971) es consejero escolar en las casas de Cáceres-Hogar de San Francisco, de Sevilla-Hogar de San Fernando y de Cádiz-Valcárcel y Cádiz-San Ignacio. A partir de esta fecha cambia su servicio por el de la administración de las casas de Badajoz, de La Línea de la Concepción por un decenio (1973-1983), de Carmona y de Mérida. En 1989 llega a la casa de Rota como administrador y vicario de la parroquia de Nuestra Señora de la O, hasta su muerte.
Emilio era un hombre sencillo, transparente, le agradaba presentarse bien. Era como un niño con sus defectos y virtudes. Decía las cosas como las veía: «No lo puedo remediar», repetía. Tenía un corazón de oro y por eso se ganó el cariño de tantos.
Emilio era amigo del pobre, del marginado, del enfermo. Las casas donde realizó con entrega gozosa su misión salesiana fueron todas ellas de jóvenes huérfanos, marginados de la sociedad, recogidos en instituciones municipales o estatales. Es cierto que, en compensación, le agradaba que le arroparan, lo asistieran de modo particular en las horas de hospital, como él veía por parte de otras familias y como él hacía en la parroquia asistiendo a los enfermos.
En la tarde de Reyes en Rota, mientras en la clínica la doctora le auscultaba el pecho, cayó fulminado. Transportado de inmediato al ambulatorio de la base americana, ni con el electro-shock pudo reaccionar. Aquella misma noche recibía en el cielo el verdadero regalo, don de Reyes, sin duda, mucho más espléndido que el que le tenía preparado la comunidad.
A su despedida acudieron sus reyes más queridos —junto a los muchos amigos de Cádiz, Mérida y La Línea—: todo Rota, que lo quería y apreciaba, sobre todo los ancianos y los más desheredados de la fortuna que siempre habían encontrado en él una mano caritativa, una buena palabra y una sonrisa de amigo.