Gabino Sánchez García
Sacerdote (1913-1991)
Nacimiento: Escurial de la Sierra (Salamanca), 5 de octubre de 1913
Profesión religiosa: San José del Valle, 12 de septiembre de 1932
Ordenación sacerdotal: Sevilla, 7 de junio de 1941
Defunción: Sevilla, 6 de abril de 1991
Gabino era natural del pueblecito salmantino Escurial de la Sierra. Pronto sintió la llamada de Don Bosco. Hace los cuatro años de aspirantado en Montilla; en San José del Valle, el noviciado, que culmina el 12 de septiembre de 1932 con la primera profesión, y los dos años de estudios filosóficos.
Su primer destino en el trienio práctico fue Morón de la Frontera. Al año siguiente marcha a América, a Santo Domingo, pero, comenzada la Guerra Civil española, pide volver a España. Sin embargo, habrá de pasar un año en Cuba y casi otro en Italia-Monteortone, donde comienza los estudios teológicos hasta que, al fin, puede entrar en la patria para seguir sus estudios en San José del Valle y continuarlos, finalizada la guerra, en Carabanchel Alto. Ya diácono y compartiendo docencia con estudios, se prepara en la casa sevillana de Triana a la ordenación sacerdotal, que recibió en Sevilla el 7 de junio de 1941.
Y a partir de aquí, hasta su muerte, don Gabino será un salesiano itinerante. Estrena su sacerdocio como consejero en la misma Triana (1941-1946), a donde volverá en 1975. En 1947 volvió a las Antillas, donde residirá hasta 1960, ejerciendo, a excepción del bienio 1954-1956 (director de Camagüey), el cargo de consejero en las casas de Santo Domingo, Camagüey, Güines y Santurce. Su vinculación con Cuba y Santo Domingo no la perderá nunca. Su trabajo allí fue fecundo y arraigado y dejó en aquellas gentes un recuerdo imborrable.
De vuelta en España en 1960, es destinado a la Universidad Laboral de Sevilla. Terminada allí su misión en 1967, pasará por las casas de Algeciras, La Línea de la Concepción, Badajoz, Campano, Jerez-Oratorio, Rota, San José del Valle, Sevilla-Trinidad y, al fin (1985), Morón de la Frontera, desempeñando, mientras el cuerpo aguantó, el cargo de consejero.
Llamaban la atención los rasgos su gran humanidad: su lealtad, franqueza, sencillez, sinceridad, comprensión, su espíritu abierto a todo lo bueno, a todo lo noble. Un hombre que se presenta a sí mismo con su estilo peculiar: «Yo, que tan aficionado soy a las películas del Oeste y en quien mis Superiores no han creído que tuviera otras facultades más que para hacer de “sherif” con mi manera de ser imparcial, recto, sincero y a veces un poco duro de palabra, cantando siempre las cuarenta a quien fuese y siempre sin miedo al gatillo de los mejores tiradores, confieso que me voy a morir sin haber ganado nunca las diez últimas».
Fue un salesiano entregado totalmente al trabajo duro y, a veces, ingrato del antiguo cargo de consejero. Amaba a Don Bosco con el cariño de un niño: lo nombraba constantemente en sus sermones, poniéndolo como modelo y ejemplar único. Su amor a María Auxiliadora era entrañable y contagioso.
Su salud, minada en los últimos años por graves dolencias acrecentadas por la fractura de la cadera, cambiaron su carácter: el hombre dicharachero y jovial pasó a ser un hombre melancólico y callado, serio y taciturno, amante de la soledad y del silencio.
Finalmente, cuando la gravedad de su enfermedad necesitó de cuidados especiales, fue ingresado en uno de los hospitales de Sevilla, donde murió el 6 de abril de 1991, a los 77 años.
Sus restos mortales fueron trasladados a la casa de Triana, donde se celebraron los funerales con gran acompañamiento de hermanos y amigos.