Rey Adúa, Jordi

Jordi Rey Adúa

Coadjutor (1930-1991)

Nacimiento: Estach (Lérida), 4 de abril de 1930
Profesión religiosa: L’Arboç del Penedès, 16 de agosto de 1951
Defunción: Martí-Codolar, 21 de marzo de 1991

Nació en el pirenaico pueblecito de Estach (Lérida) el 4 de abril de 1930, en una familia de agricultores. Sus padres fueron Leandro y Pilar, de temple recio y cristianismo profundo, padres de cuatro hijos varones, dos de ellos religiosos: Antonio, marista, y Jordi, salesiano.

A los 14 años enfermó de poliomielitis, circunstancia que condicionará toda su vida. Tan pronto como pudo valerse por sí mismo, ingresó como interno en nuestro colegio de Sarrià. Allí conoce la vida la salesiana y, tras larga decisión por temor a no ser admitido, fue enviado al noviciado de L’Arboç del Penedès, donde profesó el 16 de agosto de 1951: «piadoso, servicial, juicioso, cumplidor de su deber a pesar de su parálisis en las piernas».

Su vida salesiana transcurre en Sant Vicenç dels Horts ejerciendo su oficio de sastre y atendiendo a la enfermería (1951-1958). Pasa después por un trienio a los Hogares Mundet y seguidamente a Sarrià. Recordó estos sus primeros años de salesianos como años de enorme trabajo sacrificado y silencioso.

Desde 1967 hasta su muerte (1991) formó parte de la comunidad de Rocafort, ocupado en diversas actividades, tales como asistencia a los chicos, servicio de administración y portería…

En Rocafort le alcanza la enfermedad de un cáncer complicada con otros males que durante año y medio supo sobrellevar con admirable fortaleza, piedad y serena aceptación. Hubo que internarle en la residencia Mare de Déu de Martí-Codolar para una mejor atención médica y sanitaria, donde falleció el día 21 de marzo de 1991, a los 60 años.

La parálisis limitó sus posibilidades, pero, por lo demás, siempre tuvo una fortaleza física y una salud envidiable hasta los últimos años de su vida.

Fue siempre una persona de gran sentido común. Sabía valorar mucho las cosas de casa y de la comunidad. Tímido de temperamento, poseía un cierto sentido del humor y tuvo una gran capacidad para aguantar el sufrimiento y las molestias.

Su fe se manifestó ampliamente en su larga enfermedad, así como sus sentimientos de gratitud hacia quienes le visitaban y a cuantos le atendían. Mientras la enfermedad fue minando sus fuerzas y destruyendo su organismo, creció su calidad humana y espiritual.