Alvira Javierre, José

José Alvira Javierre

Sacerdote (1878-1952)

Nacimiento: Barbastro (Huesca), 21 de agosto de 1878
Profesión religiosa: Sarrià, 19 de marzo de 1907
Ordenación sacerdotal: Barbastro, 1 de junio de 1901
Defunción: Gerona, 24 de abril de 1952

Nació el 21 agosto de 1878 en Barbastro (Huesca), donde fue ordenado sacerdote el 1 de junio de 1901. Ejerció su ministerio en varias parroquias, pero el ansia de ganar méritos para su alma, conquistando las de los demás, era el hormiguillo continuo de su espíritu desde joven que, conocidos los hijos de Don Bosco a través del Boletín Salesiano, le hizo dirigir sus pasos hacia la Congregación Salesiana. Hizo el noviciado en Sarrià (1906-1907), que culminó con la profesión religiosa el 19 de marzo de 1907.

Aunque quiso adaptarse al mundo de la escuela, encontró serias dificultades: no tenía bastante paciencia para aguantar a los chiquillos. Y concibió una idea de perfección, que creía más simple: hacerse cartujo. Y entró en la cartuja de Montealegre (Tiana-Barcelona). Y fracasó, pues no era para él aquel encierro, en que se pasaba el tiempo rezando, pensando en Don Bosco, y cantando en su celda «Es María Auxiliadora». Volvió, pues, al campo salesiano.

Trabajó como catequista, consejero y, sobre todo, como confesor en Ciutadella, Valencia-San Antonio, Rocafort, Gerona y Pamplona (1935-1940). Finalmente, en 1940 fue destinado a Gerona como confesor de los estudiantes salesianos de filosofía y encargado de los cooperadores, hasta que murió sin agonía, el 24 de abril de 1952.

Don Juan José Alvira era un hombre de carácter sencillo, de perenne jovialidad y humilde hasta la exageración; quería a toda costa ser tenido en nada. Todos estaban contentos a su alrededor; era capaz de entretener a los jóvenes estudiantes salesianos horas y horas con bromas y anécdotas en sobremesas, Buenas noches, donde fuera.

Solamente cuando rezaba, celebraba misa o confesaba, era realmente otro. Celebraba con recogimiento, despacio y con devoción singular; confesaba constantemente con amabilidad, caridad y paternidad.

Apóstol incansable, modelo de admirable austeridad, de sumisa obediencia y de inmutable alegría. Su hablar gracioso, con el típico acento aragonés, que le daba a veces aspecto de bufón, escondía a menudo un amplio saber sacerdotal y una profunda humildad, que enamoraba a las almas.

Visitaba cada año a todos los cooperadores de la provincia de Gerona, que no contaban de él más que anécdotas admirables y casi milagrosas: escenas espléndidas de su santidad y de sus casi milagros obtenidos al compás de su bendición de María Auxiliadora a los enfermos.

Al final, gastado ya su corazón por los años y los trabajos, pasó unos meses retirado; hasta que un día se sintió desfallecer. Miró el cuadro de María Auxiliadora, que presidía su habitación, dijo: «Madre», y entregó su espíritu a Dios.