Aranda Sanz, Juan

Juan Aranda Sanz

Coadjutor (1906-1999)

Nacimiento: Hita (Guadalajara), 24 de junio de 1906
Profesión religiosa: Mohernando, 1 de octubre de 1940
Defunción: Mohernando, 8 de noviembre de 1999

Nació don Juan en el pueblo alcarreño de Hita el 24 de junio de 1906. Sus padres, Felipe y Castora, tuvieron dos hijas y tres hijos, de los que dos se hicieron salesianos: Juan e Isidoro.

En una de las numerosas visitas que hacía a la familia, el sacerdote don Manuel Rodrigo, párroco de Heras de Ayuso —colindante con Hita— y gran amigo de sus padres, Su hermano Isidoro decidió hacerse religioso, que ingresó en Mohernando en 1935. Visitando Juan a su hermano, ya novicio, en octubre de ese año, decidió también hacerse salesiano y empezó el prenoviciado en enero de 1936. El 23 de julio hacía la profesión su hermano y Juan comenzaba el noviciado. Ese mismo día la casa salesiana fue asaltada.

Regresó con su madre a Hita y allí fue apresado a los pocos días. Puesto en libertad, se alista en el ejército republicano hasta el final de la guerra. Terminada la contienda, vuelve a Mohernando y profesa como salesiano el 1 de octubre de 1940, con 34 años de edad. Realiza el tirocinio en la misma casa de Mohernando.

Impulsado por el ejemplo de su hermano Isidoro, deciden solicitar e ir juntos a misiones. Son enviados a Timor, colonia portuguesa. Durante 17 años transforman la misión de Fuiloro tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial. Hicieron realidad la profecía de Isaías: «De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas» (Is 2,1). Aprovecharon fructuosamente el abundante material bélico abandonado por los japoneses: vehículos de transporte, cientos de bidones de gasolina, etc. Con un breve intervalo de dos años en España, ambos hermanos pasarán 25 años de sus vidas en la misión de Timor.

Regresan a España y desde 1969 permanecerán en Mohernando hasta su muerte. De piedad sincera, sencilla y profunda, destacó, como su hermano Isidoro, por su gran espíritu de trabajo y sacrificio. Sobrio y austero, se sentía niño delante de la Virgen, devotísimo de la advocación de Fátima, a la que se dirigía siempre como «Nossa Senhora». Conservó hasta su último día de vida plena lucidez de mente y disfrutaba de buena salud.

Al alba del 8 de noviembre de 1999, al no verle en la capilla para la oración de la mañana, fue su hermano Isidoro quien le encontró ya muerto en su habitación. En silencio, discreta y serenamente, partió para el cielo. Tenía 93 años.